La civilización del espectáculo


En la edición de febrero de la revista "Letras Libres" salió un artículo de Mario Vargas Llosa. Creo que fue parte de una conferencia que dictó en Madrid el año pasado. Ayer lo leí y no pude resistir la tentación compartirlo. Es un doble placer leerlo: por la forma y por el fondo.

El primero, por la agilidad y brillantez de su prosa sin caer en la verborrea. Y el segundo, por la profunda reflexión que provoca, por la manera tan directa que confronta y despierta al pensamiento.

Así pues, pide un rico cafecito -¡qué frío está haciendo!-, acomódate y espero disfrutes de esta valiosa lectura. Rebe. 

LETRAS LIBRES /  (De click para agrandar)

FEBRERO DE 2009

La civilización del espectáculo

por Mario Vargas Llosa

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La
creciente banalización del arte y la literatura, el triunfo del
amarillismo en la prensa y la frivolidad de la política son síntomas de
un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la suicida idea de
que el único fin de la vida es pasársela bien. Como buen espíritu
incómodo, Vargas Llosa nos entrega una durísima radiografía de nuestro
tiempo.

Claudio Pérez, enviado especial de El País
a Nueva York para informar sobre la crisis financiera, escribe, en su
crónica del viernes 19 de septiembre de 2008: “Los tabloides de Nueva
York van como locos buscando un
broker que se arroje al vacío
desde uno de los imponentes rascacielos que albergan los grandes bancos
de inversión, los ídolos caídos que el huracán financiero va
convirtiendo en cenizas.” Retengamos un momento esta imagen en la
memoria: una muchedumbre de fotógrafos, de
paparazzi,
avizorando las alturas, con las cámaras listas, para capturar al primer
suicida que dé encarnación gráfica, dramática y espectacular a la
hecatombe financiera que ha volatilizado billones de dólares y hundido
en la ruina a grandes empresas e innumerables ciudadanos. No creo que
haya una imagen que resuma mejor el tema de mi charla: la civilización
del espectáculo.

Me parece que esta es la mejor manera de definir la civilización de
nuestro tiempo, que comparten los países occidentales, los que, sin
serlo, han alcanzado altos niveles de desarrollo en Asia, y muchos del
llamado Tercer Mundo.

¿Qué quiero decir con civilización del espectáculo? La de un mundo
en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el
entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la
pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin
duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una
sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas
vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces
embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en
un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas. Entre ellas
la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y,
en el campo específico de


la información, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo.

¿Qué ha hecho que Occidente haya ido deslizándose hacia la
civilización del espectáculo? El bienestar que siguió a los años de
privaciones de la Segunda Guerra Mundial y la escasez de los primeros
años de la posguerra. Luego de esa etapa durísima, siguió un periodo de
extraordinario desarrollo económico. En todas las sociedades
democráticas y liberales de Europa y América del Norte las clases
medias crecieron como la espuma, se intensificó la movilidad social y
se produjo, al mismo tiempo, una notable apertura de los parámetros
morales, empezando por la vida sexual, tradicionalmente frenada por las
iglesias y el laicismo pacato de las organizaciones políticas, tanto de
derecha como de izquierda. El bienestar, la libertad de costumbres y el
espacio creciente ocupado por el ocio en el mundo desarrollado
constituyó un estímulo notable para que proliferaran como nunca antes
las industrias del entretenimiento, promovidas por la publicidad, madre
y maestra mágica de nuestro tiempo. De este modo, sistemático y a la
vez insensible, divertirse, no aburrirse, evitar lo que perturba,
preocupa y angustia, pasó a ser, para sectores sociales cada vez más
amplios, de la cúspide a la base de la pirámide social, un mandato
generacional, eso que Ortega y Gasset llamaba “el espíritu de nuestro
tiempo”, el dios sabroso, regalón y frívolo al que todos, sabiéndolo o
no, rendimos pleitesía desde hace por lo menos medio siglo, y cada día
más.

Otro factor, no menos importante, para la forja de la civilización
del espectáculo ha sido la democratización de la cultura. Se trata de
un fenómeno altamente positivo, sin duda, que nació de una voluntad
altruista: que la cultura no podía seguir siendo el patrimonio de una
élite, que una sociedad liberal y democrática tenía la obligación moral
de poner la cultura al alcance de todos, mediante la educación, pero
también la promoción y subvención de las artes, las letras y todas las
manifestaciones culturales. Esta loable filosofía ha tenido en muchos
casos el indeseado efecto de la trivialización y adocenamiento de la
vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad de
los contenidos de los productos culturales se justificaban en razón del
propósito cívico de llegar al mayor número de usuarios. La cantidad a
expensas de la calidad. Este criterio, proclive a las peores demagogias
en el dominio político, en el cultural ha causado reverberaciones
imprevistas, entre ellas la desaparición de la alta cultura,
obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de
sus claves y códigos, y la masificación de la idea misma de cultura.
Esta ha pasado ahora a tener casi exclusivamente la acepción que ella
adopta en el discurso antropológico, es decir, la cultura son todas las
manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, sus creencias,
sus usos y costumbres, su indumentaria, sus técnicas, y, en suma, todo
lo que en ella se practica, evita, respeta y abomina. Cuando la idea de
la cultura torna a ser una amalgama semejante es poco menos que
inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una
manera divertida de pasar el tiempo. Desde luego que la cultura puede
ser también eso, pero si termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se
deprecia: todo lo que forma parte de ella se iguala y uniformiza al
extremo de que una ópera de Wagner, la filosofía de Kant, un concierto
de los Rolling Stones y una función del Cirque du Soleil se equivalen.

No es por eso extraño que la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura light,
es decir, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se
propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir.
Atención, no condeno ni mucho menos a los autores de esa literatura
entretenida pues hay, entre ellos, pese a la levedad de sus textos,
verdaderos talentos, como –para citar sólo a los mejores– Julian
Barnes, Milan Kundera, Paul Auster o Haruki Murakami. Si en nuestra
época no se emprenden aventuras literarias tan osadas como las de
Joyce, Thomas Mann, Faulkner y Proust no es solamente en razón de los
escritores; lo es, también, porque la cultura en que vivimos no
propicia, más bien desanima, esos esfuerzos denodados que culminan en
obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan
intensa como la que las hizo posible. Los lectores de hoy quieren
libros fácilmente asimilables, que los entretengan, y esa demanda
ejerce una presión que se vuelve un poderoso incentivo para los
creadores.

Tampoco es casual que la crítica haya poco menos que desaparecido
en nuestros medios de información y que se haya refugiado en esos
conventos de clausura que son las Facultades de Humanidades y, en
especial, los Departamentos de Filología, cuyos estudios son sólo
accesibles a los especialistas. Es verdad que los diarios y revistas
más serios publican todavía reseñas de libros, de exposiciones y
conciertos, pero ¿alguien lee a esos paladines solitarios que tratan de
poner cierto orden jerárquico en esa selva y ese caos en que se ha
convertido la oferta cultural de nuestros días? Lo cierto es que la
crítica, que en la época de nuestros abuelos y bisabuelos desempeñaba
un papel central en el mundo de la cultura porque asesoraba a los
ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían,
hoy es una especie en extinción a la que nadie hace caso, salvo cuando
se convierte también ella en diversión y en espectáculo.

La literatura light, como el cine light y el arte light,
da la impresión cómoda al lector, y al espectador, de ser culto,
revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con el mínimo
esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende
avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus
manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.

En la civilización del espectáculo es normal y casi obligatorio que
la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la
cultura y que los “chefs” y los “modistos” y “modistas” tengan en
nuestros días el protagonismo que antes tenían los científicos, los
compositores y los filósofos. Los hornillos y los fogones y las
pasarelas se confunden dentro de las coordenadas culturales de la época
con los libros, los conciertos, los laboratorios y las óperas, así como
las estrellas de la televisión ejercen una influencia sobre las
costumbres, los gustos y las modas que antes tenían los profesores, los
pensadores y (antes todavía) los teólogos. Hace medio siglo,
probablemente en Estados Unidos era un Edmund Wilson, en sus artículos
de
The New Yorker o The New Republic, quien decidía el
fracaso o el éxito de un libro de poemas, una novela o un ensayo. Hoy
son los programas televisivos de Oprah Winfrey. No digo que esté mal
que sea así. Digo simplemente que es así.

El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que,
insensiblemente, lo haya llenado la publicidad, convirtiéndose esta en
nuestros días no sólo en parte constitutiva de la vida cultural sino en
su vector determinante. La publicidad ejerce una influencia decisiva en
los gustos, la sensibilidad, la imaginación y las costumbres y de este
modo la función que antes tenían, en este campo, los sistemas
filosóficos, las creencias religiosas, las ideologías y doctrinas y
aquellos mentores que en Francia se conocía como los mandarines de una
época, hoy la cumplen los anónimos “creativos” de las agencias
publicitarias. Era en cierta forma obligatorio que así ocurriera a
partir del momento en que la obra literaria y artística pasó a ser
considerada un producto comercial que jugaba su supervivencia o su
extinción nada más y nada menos que en los vaivenes del mercado. Cuando
una cultura ha relegado al desván de las cosas pasadas de moda el
ejercicio de pensar y sustituido las ideas por las imágenes, los
productos literarios y artísticos pasan a ser promovidos, y aceptados o
rechazados, por las técnicas publicitarias y los reflejos condicionados
en un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para
detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima. Por ese
camino, los esperpentos indumentarios que un John Galliano hace
desfilar en las pasarelas de París o los experimentos de la
nouvelle cuisine alcanzan el estatuto de ciudadanos honorarios de la alta cultura.

Este estado de cosas ha impulsado la exaltación de la música hasta
convertirla en el signo de identidad de las nuevas generaciones en el
mundo entero. Las bandas y los cantantes de moda congregan multitudes
que desbordan todos los escenarios en conciertos que son, como las
fiestas paganas dionisíacas que en la Grecia clásica celebraban la
irracionalidad, ceremonias colectivas de desenfreno y catarsis, de
culto a los instintos, las pasiones y la sinrazón. No es forzado
equiparar estas celebraciones a las grandes festividades populares de
índole religiosa de antaño: en ellas se vuelca, secularizado, ese
espíritu religioso que, en sintonía con el sesgo vocacional de la
época, ha reemplazado la liturgia y los catecismos de las religiones
tradicionales por esas manifestaciones de misticismo musical en las
que, al compás de unas voces e instrumentos enardecidos que los
parlantes amplifican hasta lo inaudito, el individuo se
desindividualiza, se vuelve masa y de una inconsciente manera regresa a
los tiempos primitivos de la magia y la tribu. Ese es el modo
contemporáneo, mucho más divertido por cierto, de alcanzar aquel
éxtasis que Santa Teresa o San Juan de la Cruz alcanzaban a través del
ascetismo y la fe. En el concierto multitudinario los jóvenes de hoy
comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de esa manera
intensa y elemental que es el olvido de sí mismos.

La masificación es otro dato, junto con la frivolidad, de la
cultura de nuestro tiempo. En este los deportes han alcanzado una
importancia que en el pasado sólo tuvieron en la antigua Grecia. Para
Platón, Sócrates, Aristóteles y demás frecuentadores de la Academia, el
cultivo del cuerpo era simultáneo y complementario del cultivo del
espíritu, pues se creía que ambos se enriquecían mutuamente. La
diferencia con nuestra época es que ahora, por lo general, la práctica
de los deportes se hace a expensas y en lugar del trabajo intelectual.
Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el futbol, fenómeno de
masas que, al igual que los conciertos de música moderna, congrega
muchedumbres y las enardece más que ninguna otra movilización
ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias
cívicas. Un partido de futbol puede ser desde luego para los
aficionados –y yo soy uno de ellos– un espectáculo estupendo, de
destreza y armonía del conjunto y de lucimiento individual que
entusiasma y subyuga al espectador. Pero, en nuestros días, los grandes
partidos de futbol sirven sobre todo, como los circos romanos, de
pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la
condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado
en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a
sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y
aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas
“barras bravas” de ciertos clubes y los estragos que han provocado con
sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas
muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que
imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más
mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo
que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que
le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo
largo de un partido, como miembro de la horda primitiva.

Paradójicamente, el fenómeno de la masificación es paralelo al de
la extensión del consumo de drogas a todos los niveles de la pirámide
social. Desde luego que el uso de estupefacientes tiene una antigua
tradición en Occidente, pero hasta hace relativamente poco tiempo era
práctica casi exclusiva de las élites y de sectores reducidos y
marginales, como los círculos bohemios, literarios y artísticos, en los
que, en el siglo XIX, las flores artificiales tuvieron cultores tan
respetables como Charles Baudelaire y Thomas de Quincey.

En la actualidad, la generalización del uso de las drogas no es
nada semejante, no responde a la exploración de nuevas sensaciones o
visiones emprendida con propósitos artísticos o científicos. Ni es una
manifestación de rebeldía contra las normas establecidas por seres
inconformes, empeñados en adoptar formas alternativas de existencia. En
nuestros días el consumo masivo de mariguana, cocaína, éxtasis,
crack,
heroína, etcétera, responde a un entorno cultural que empuja a hombres
y mujeres a la busca de placeres fáciles y rápidos, que los inmunicen
contra la preocupación y la responsabilidad, al encuentro consigo mismo
a través de la reflexión y la introspección, actividades eminentemente
intelectuales que repelen a la cultura frívola, porque las considera
aburridas. Es para huir del vacío y de la angustia que provoca el
sentirse libre y obligado a tomar decisiones como qué hacer de sí mismo
y del mundo que nos rodea –sobre todo si este enfrenta desafíos y
dramas– lo que atiza esa necesidad de distracción que es el motor de la
civilización en que vivimos. Para millones de personas las drogas
sirven hoy, como las religiones y la alta cultura ayer, para aplacar
las dudas y perplejidades sobre la condición humana, la vida, la
muerte, el más allá, el sentido o sinsentido de la existencia. Ellas,
en la exaltación y euforia o serenidad artificiales que producen,
confieren la momentánea seguridad de estar a salvo, redimido y feliz.
Se trata de una ficción, no benigna sino maligna en este caso, que
aísla al individuo y que sólo en apariencia lo libera de problemas,
responsabilidades y angustias. Porque al final todo ello volverá a
hacer presa de él, exigiéndole cada vez dosis mayores de aturdimiento y
sobreexcitación que en vez de llenar profundizarán su vacío espiritual.

En la civilización del espectáculo el laicismo ha ganado mucho
terreno sobre las religiones, en apariencia al menos. Y, entre los
todavía creyentes, han aumentado los que sólo lo son a ratos y de boca
para afuera, de manera superficial y social, en tanto que en la mayor
parte de sus vidas prescinden por entero de la religión. El efecto
positivo de la secularización de la vida es que la libertad es ahora
más profunda que cuando la recortaban y asfixiaban los dogmas y
censuras eclesiásticas. Pero se equivocan quienes creen que porque hoy
en día hay en el mundo occidental menos católicos y protestantes que
antaño, ha ido desapareciendo la religión en los sectores ganados al
laicismo. Eso sólo ocurre en las estadísticas. En verdad, al mismo
tiempo que muchos fieles renunciaban a las iglesias tradicionales,
comenzaban a proliferar las sectas, los cultos y toda clase de formas
alternativas de practicar la religión, desde el espiritualismo oriental
en todas sus escuelas y divisiones –budismo, budismo zen, tantrismo,
yoga– hasta las iglesias evangélicas que ahora pululan y se dividen y
subdividen en los barrios marginales, y pintorescos sucedáneos como el
Cuarto Camino, el rosacrucismo, la Iglesia de la Unificación –los
“moonies”–, la Cienciología, tan popular en Hollywood, e iglesias
todavía más exóticas y epidérmicas.

La razón de esta proliferación de iglesias y pseudoiglesias es que
sólo sectores muy reducidos de seres humanos pueden prescindir por
entero de la religión, la que, a la inmensa mayoría, le hace falta pues
sólo la seguridad que la fe religiosa transmite sobre la trascendencia
y el alma la libera del desasosiego, miedo y desvarío en que la sume la
idea de la extinción, del perecimiento físico. Y, de hecho, la única
manera como entiende y practica una ética la mayoría de los seres
humanos es a través de una religión. Sólo pequeñas minorías se
emancipan de la religión reemplazando el vacío que ella deja en la vida
con la cultura: la filosofía, la ciencia, la literatura y las artes.
Pero la cultura que puede cumplir esta función es la alta cultura, que
afronta los problemas y no los escabulle, que intenta dar respuestas
serias y no lúdicas a los grandes enigmas, interrogaciones y conflictos
de que está rodeada la existencia humana. La cultura del espectáculo,
de superficie y oropel, de juego y pose, es insuficiente para suplir
las certidumbres, mitos, misterios y rituales de las religiones que han
sobrevivido a la prueba de los siglos. En la sociedad de nuestro tiempo
los estupefacientes y el alcohol suministran aquella tranquilidad
momentánea del espíritu y las certezas y alivios que antaño deparaban a
los hombres y mujeres los rezos, la confesión, la comunión y los
sermones de los párrocos.

Tampoco es casual que, así como en el pasado los políticos en
campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes
científicos y dramaturgos, hoy busquen la adhesión y el patrocinio de
los cantantes de
rock y de los actores de cine. Estos han
reemplazado a los intelectuales como directores de conciencia política
de los sectores medios y populares y ellos encabezan los manifiestos,
los leen en las tribunas y salen a la televisión a predicar sobre lo
que es bueno y es malo en el campo económico, político y social. En la
civilización del espectáculo el cómico es el rey. Por lo demás, la
presencia de actores y cantantes no sólo es importante en esa periferia
de la vida política que es la opinión pública. Algunos de ellos han
participado en elecciones y, como Ronald Reagan y Arnold
Schwarzenegger, llegado a tener cargos tan importantes como la
presidencia de Estados Unidos y la gobernación de California. Desde
luego, no excluyo la posibilidad de que actores de cine y cantantes de
rock o de rap
puedan hacer estimables sugerencias en el campo de las ideas, pero sí
rechazo que el protagonismo político de que hoy día gozan tenga algo
que ver con su lucidez o inteligencia. En absoluto: se debe
exclusivamente a su presencia mediática y a sus aptitudes histriónicas.

Porque un hecho singular de la civilización del espectáculo es el
eclipse de un personaje que desde hace siglos y hasta hace
relativamente pocos años desempeñaba un papel importante en la vida de
las naciones: el intelectual. Se dice que la denominación de
“intelectual” nace durante el caso Dreyfus, en Francia, y las polémicas
que desató Émile Zola con su célebre “Yo acuso”, escrito en defensa de
aquel oficial judío falsamente acusado de traición a la patria por una
conjura de altos mandos antisemitas del Ejército francés. Pero, aunque
el término “intelectual” sólo se popularizara a partir de entonces, lo
cierto es que la participación de hombres de pensamiento y creación en
la vida pública, en los debates políticos, religiosos y de ideas, se
remonta a los albores mismos del Occidente. Estuvo presente en la
Grecia de Platón y en la Roma de Cicerón, en el Renacimiento de
Montaigne y de Maquiavelo, en la Ilustración de Voltaire y Diderot, en
el Romanticismo de Lamartine y Victor Hugo y en todos los periodos
históricos que condujeron a la modernidad. Paralelamente a su trabajo
de investigación, académico o creativo, buen número de escritores y
pensadores destacados influyeron con sus escritos, pronunciamientos y
tomas de posición en el acontecer político y social, como ocurría
cuando yo era joven, en Inglaterra con Bertrand Russell, en Francia con
Sartre y Camus, en Italia con Moravia y Vittorini, en Alemania con
Günter Grass y Enzensberger, y lo mismo en casi todas las democracias
europeas. Basta pensar, en España, en las intervenciones en la vida
pública de don José Ortega y Gasset. En nuestros días, el intelectual
se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que
importan. Es verdad que algunos de ellos todavía firman manifiestos,
envían cartas a los diarios y se enzarzan en polémicas, pero nada de
ello tiene seria repercusión en la marcha de la sociedad, cuyos asuntos
económicos, institucionales e incluso culturales se deciden por el
poder político y administrativo y los llamados poderes fácticos, entre
los cuales los intelectuales sólo brillan por su ausencia. Conscientes
de la desairada situación a que han sido reducidos por la sociedad en
la que viven, la mayoría de los intelectuales han optado por la
discreción o la abstención en el debate público. Confinados en su
disciplina o quehacer particular, dan la espalda a lo que hace medio
siglo se llamaba el “compromiso” cívico o moral del escritor y el
pensador con la sociedad. Es verdad que hay algunas excepciones, pero,
entre ellas, las que suelen contar –porque llegan a los medios– son las
encaminadas más a la autopromoción y el exhibicionismo que a la defensa
de un principio o un valor.

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Porque en la civilización del espectáculo el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.

¿Qué ha conducido al empequeñecimiento y volatilización del
intelectual en nuestro tiempo? Una razón que debe considerarse es el
descrédito en que varias generaciones de intelectuales cayeron por sus
simpatías con los totalitarismos nazi, soviético y maoísta, y sus
silencios y cegueras frente a horrores como el Holocausto, el gulag y
las carnicerías de la revolución cultural. Es, en efecto,
desconcertante y abrumador que, en tantos casos, quienes parecían las
mentes privilegiadas de su tiempo hicieran causa común con regímenes
responsables de genocidios, horrendos atropellos contra los derechos
humanos y la abolición de todas las libertades. Pero, en realidad, la
verdadera razón para la pérdida total del interés de la sociedad en su
conjunto por los intelectuales es consecuencia directa de la ínfima
vigencia que tiene el pensamiento en la civilización del espectáculo.

Porque otra característica de ella es el empobrecimiento de las
ideas como fuerza motora de la vida cultural. Hoy reina la primacía de
las imágenes sobre las ideas. Por eso los medios audiovisuales, el
cine, la televisión y ahora internet han ido dejando rezagados a los
libros, los que, si las predicciones pesimistas de un George Steiner se
confirman, pasarán dentro de no mucho tiempo a las catacumbas. (Los
amantes de la anacrónica cultura libresca, como yo, no debemos
lamentarlo, pues, si así ocurre, esa marginación tal vez tenga un
efecto depurador y aniquile toda la literatura del
best-seller,
de puro entretenimiento y diversión, la literatura justamente llamada
basura no sólo por la superficialidad de sus historias y la indigencia
de su forma, sino por su carácter efímero, de literatura de actualidad,
hecha para ser consumida y desaparecer, como los jabones y las
gaseosas.)

El cine, que, por supuesto, fue siempre un arte de entretenimiento,
orientado al gran público, tuvo al mismo tiempo, en su seno, a veces
como una corriente marginal y algunas veces central, grandes talentos
que, pese a las difíciles condiciones en que debieron siempre trabajar
los cineastas por razones de presupuesto y dependencia de las grandes
productoras, fueron capaces de producir obras de una gran riqueza,
profundidad y originalidad, y de inequívoco sello personal. Pero
nuestra época, conforme a la inflexible presión de la cultura
dominante, que privilegia el ingenio sobre la inteligencia, las
imágenes sobre las ideas,


el humor sobre la gravedad, la banalidad sobre lo profundo y lo frívolo
sobre lo serio, ya no produce creadores como Ingmar Bergman o Luchino
Visconti o Luis Buñuel. ¿A quién corona ícono el cine de nuestros días?
A Woody Allen, que es, a un David Lean o un Orson Welles, lo que Andy
Warhol a Gauguin o Van Gogh en pintura o un Dario Fo a un Thomas Mann
en literatura.

Tampoco es de sorprender que en la era del espectáculo en el cine
los efectos especiales hayan pasado a tener un protagonismo que relega
a temas, directores, guión y hasta actores a un segundo plano. Se me
podría alegar que ello se debe en buena parte a la prodigiosa evolución
tecnológica de los últimos años que permite ahora hacer verdaderos
milagros en el campo de la simulación y la fantasía visuales. En parte,
sin duda. Pero en otra parte, y acaso la principal, se debe a una
cultura que propicia el menor esfuerzo intelectual, no preocuparse ni
angustiarse ni, en última instancia, pensar, y más bien abandonarse, en
actitud pasiva, a lo que el ahora olvidado Marshall McLuhan –pero que,
pese a todo lo que pueda reprocharse de exagerado en sus teorías, fue
un sagaz profeta del signo que tomaría la cultura de hoy– llamaba “el
baño de las imágenes”, esa entrega sumisa a unas emociones y
sensaciones desatadas por un bombardeo inusitado y en ocasiones
brillantísimo de imágenes que capturan la atención, aunque ellas, por
su naturaleza primaria y pasajera, emboten la sensibilidad y el
intelecto del público.

En cuanto a las artes plásticas, ellas se adelantaron a todas las
otras expresiones de la vida cultural en sentar las bases de la cultura
del espectáculo, estableciendo que el arte podía ser juego y diversión
y nada más que eso. Desde que Marcel Duchamp, que, qué duda cabe, era
un genio, revolucionó los patrones artísticos de Occidente,
estableciendo que un excusado era también una obra de arte si así lo
decidía el artista, ya todo fue posible en el ámbito de la pintura y
escultura, hasta que un millonario pague doce millones y medio de euros
por un tiburón preservado en formol en un recipiente de vidrio y que el
autor de esa broma, Damien Hirst, sea hoy reverenciado no como el
extraordinario vendedor de embaucos que es sino como uno de los grandes
artistas de nuestro tiempo. Tal vez lo sea, pero eso no habla bien de
él, sino muy mal de nuestro tiempo, un tiempo en el que el juego y la
bravata, el gesto provocador y despojado de sentido, bastan a veces,
con la complicidad de las mafias que controlan el mercado del arte y
los críticos cómplices o papanatas, para coronar falsos prestigios,
confiriendo el estatuto de artistas a grandes ilusionistas que ocultan
su indigencia y su vacío detrás del embeleco y la supuesta insolencia.
Digo “supuesta” porque el excusado de Duchamp tenía al menos la virtud
de la provocación. Pero en nuestros días, en que lo que se espera de
los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la bravata y el
desplante, sus atrevimientos no son más que las máscaras de un nuevo
conformismo. Lo que era antes revolucionario se ha vuelto moda,
pasatiempo, juego, un ácido sutil que desnaturaliza el quehacer
artístico y lo vuelve una función de Gran Guiñol. En las artes
plásticas la frivolización ha llegado a extremos alarmantes. La
desaparición de mínimos consensos sobre los valores estéticos hace que
en la actualidad todo sea permitido. En ese ámbito la confusión reina y
reinará por mucho tiempo, pues ya no es posible discernir con una
cierta objetividad qué es tener talento o carecer de él, qué es bello y
qué es feo, qué obra representa algo nuevo y durable y cuál no es más
que un fuego fatuo. Esa confusión ha convertido el mundo de las artes
plásticas en un carnaval donde genuinos creadores y vivillos y
embusteros andan revueltos y es a menudo muy difícil diferenciarlos.
Inquietante anticipo de los abismos a que puede llegar una cultura que
sacrifica toda otra motivación y designio a la de entretener y divertir.

En la civilización del espectáculo la política ha experimentado una
banalización acaso más pronunciada que la literatura, el cine y las
artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus
eslóganes, lugares comunes, frivolidades y tics, ocupan casi
enteramente el quehacer que antes estaba dedicado a razones, programas,
ideas y doctrinas. El político de nuestros días, si quiere conservar su
popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a
la forma de sus presentaciones, que importan más que sus valores,
convicciones y principios.

Cuidar de las arrugas, la calvicie, las canas, las monturas de la
nariz y el brillo de la dentadura, así como del atuendo, vale tanto, y
a veces más, que explicar lo que el político se propone hacer o
deshacer a la hora de gobernar. La entrada de la modelo y cantante
Carla Bruni al Palacio del Elíseo como Madame Sarkozy, y el fuego de
artificio mediático que trajo consigo y que aún no cesa, muestra cómo
ni siquiera Francia, el país que se preciaba de mantener viva la vieja
tradición de la política como quehacer intelectual, de cotejo de
doctrinas e ideas, ha podido resistir y ha sucumbido también a la
frivolidad universalmente imperante.

(Entre paréntesis, tal vez convendría dar alguna precisión sobre lo
que entiendo por frivolidad. El diccionario llama frívolo a lo ligero,
veleidoso e insustancial, pero nuestra época ha dado a esa manera de
ser una connotación más compleja. La frivolidad consiste en tener una
tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa
más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el
gesto y el desplante –la representación– hacen las veces de
sentimientos e ideas. En una novela que yo admiro,
Tirant lo Blanc,
una señora da una bofetada a su hijo, un niñito recién nacido, para que
llore por la partida de su padre a Jerusalén. Nosotros los lectores nos
reímos, divertidos con ese disparate, como si las lágrimas que le
arranca esa bofetada a esa pobre criatura pudieran ser confundidas con
el sentimiento de tristeza. Pero ni esa dama ni los personajes que
contemplan aquella escena se ríen porque para ellos el llanto –es decir
la pura forma– es la tristeza. Y no hay otra manera de estar triste que
llorando –“derramando vivas lágrimas”, dice la novela– pues en ese
mundo formal es la forma la que cuenta, a cuyo servicio están los
contenidos de los actos. Eso es la frivolidad, una manera de entender
el mundo, la vida, según la cual todo es apariencia, es decir teatro,
es decir juego y diversión.)

Comentando la fugaz revolución zapatista del subcomandante Marcos
en Chiapas –una revolución que Carlos Fuentes llamó la primera
“revolución posmoderna”, apelativo sólo aceptable en su acepción de
mera representación sin contenido ni trascendencia, de mojiganga
montada por un experto en técnicas de publicidad– Octavio Paz señaló
con exactitud el carácter efímero, presentista, sin continuidad, de las
acciones (o más bien simulacros) de los políticos contemporáneos:

 

 

Pero la civilización del espectáculo es cruel. Los espectadores no
tienen memoria; por esto tampoco tienen remordimientos ni verdadera
conciencia. Viven prendidos a la novedad, no importa cuál sea con tal
de que sea nueva. Olvidan pronto y pasan sin pestañear de las escenas
de muerte y destrucción de la guerra del Golfo Pérsico a las curvas,
contorsiones y trémulos de Madonna y de Michael Jackson. Los
comandantes y los obispos están llamados a sufrir la misma suerte;
también a ellos les aguarda el Gran Bostezo, anónimo y universal, que
es el Apocalipsis y el Juicio Final de la sociedad del espectáculo.
1

 

 

 

En el dominio del sexo nuestra época ha experimentado
transformaciones notables, gracias a una liberalización de los antiguos
prejuicios y tabúes de carácter religioso que mantenían a la vida
sexual dentro de un sofocante cepo de prohibiciones. En este campo, sin
duda, en el mundo occidental ha habido un progreso extraordinario con
la aceptación de las uniones libres, la desaparición de la
discriminación machista contra las mujeres, los
gays y otras
minorías sexuales que poco a poco van siendo integradas en una sociedad
que, aunque a veces a regañadientes, va reconociendo el derecho a la
libertad sexual entre adultos. Ahora bien, la contrapartida de esta
positiva emancipación sexual ha sido, también, la banalización del acto
sexual, que, para muchos, sobre todo en las nuevas generaciones, se ha
convertido en un deporte o pasatiempo, un quehacer compartido que no
tiene más importancia, y acaso menos, que la gimnasia, el baile o el
futbol. Tal vez sea sana, en materia de equilibrio psicológico y
emocional, esta frivolización del sexo, aunque debería llevarnos a
reflexionar el hecho de que, en una época como la nuestra de notable
libertad sexual, incluso en las sociedades más abiertas no hayan
disminuido los crímenes sexuales y, acaso, hasta hayan aumentado. El
sexo
light es el sexo sin amor y sin imaginación, el sexo
puramente instintivo y animal. Desfoga una necesidad biológica pero no
enriquece la vida sensible ni emocional ni estrecha la relación de la
pareja más allá del entrevero carnal; en vez de liberar al hombre o a
la mujer de la soledad, pasado el acto perentorio y fugaz del amor
físico, los devuelve a ella con una inevitable sensación de fracaso y
frustración.

El erotismo ha desaparecido, al mismo tiempo que la crítica y la
alta cultura. ¿Por qué? Porque el erotismo, que convierte el acto
sexual en obra de arte, en un ritual al que la literatura, las artes
plásticas, la música y una refinada sensibilidad impregnan de imágenes
de elevado virtuosismo estético, es incompatible, la negación misma de
ese sexo fácil, expeditivo y promiscuo en el que paradójicamente ha
desembocado la libertad conquistada por las nuevas generaciones. El
erotismo existe como contrapartida o desacato a la norma, implica una
actitud de desafío a las costumbres entronizadas y, por lo mismo,
implica secreto y clandestinidad. Sacado a la luz pública, vulgarizado,
se banaliza y eclipsa, no produce esa desanimalización y humanización
espiritual y artística del quehacer sexual que permitió antaño. Produce
pornografía, esa forma de abaratamiento procaz y canalla de ese
erotismo que irrigó, en el pasado, una corriente riquísima de obras en
la literatura y las artes plásticas, que, inspiradas en las fantasías
más atrevidas del deseo sexual, producían memorables creaciones
estéticas, desafiaban el
statu quo político y moral, combatían
por el derecho de los seres humanos al placer, y dignificaban un
instinto animal transformándolo en quehacer creativo, en obra de arte.

He dado un largo rodeo para llegar a un asunto capital de esta
charla: ¿de qué manera ha influido el periodismo en la civilización del
espectáculo y esta en aquel?

De entrada, digamos que la frontera que tradicionalmente separaba
al periodismo serio del escandaloso y amarillo ha ido perdiendo
nitidez, llenándose de agujeros hasta en muchos casos evaporarse, al
extremo de que a veces resulta difícil en nuestros días establecer
aquella diferencia en los distintos medios de información. Porque una
de las consecuencias de convertir el entretenimiento y la diversión en
el valor supremo de una época es que, en el campo de la información,
insensiblemente ello va produciendo también un trastorno recóndito de
las prioridades: las noticias pasan a ser importantes o secundarias
sobre todo, y a veces exclusivamente, no tanto por su significación
económica, política, cultural y social como por su carácter novedoso,
sorprendente, insólito, escandaloso y espectacular. Sin que se lo haya
propuesto el periodismo de nuestros días, siguiendo el mandato cultural
imperante, busca entretener y divertir informando, con el resultado
inevitable de fomentar, gracias a esta sutil deformación de sus
objetivos tradicionales, una prensa también
light, ligera,
amena, superficial y entretenida que, en los casos extremos, si no
tiene a la mano informaciones de esta índole sobre las que dar cuenta,
ella misma las fabrica.

Por eso, no debe llamarnos la atención que los casos más notables
de conquista de grandes públicos por órganos de prensa los alcancen hoy
no las publicaciones serias, las que buscan el rigor, la verdad y la
objetividad en la descripción de la actualidad, sino las llamadas
“revistas del corazón”, las únicas que desmienten con sus ediciones
millonarias el axioma según el cual en nuestra época el periodismo de
papel se encoge y retrocede ante la competencia del audiovisual. Esto
sólo vale para la prensa que todavía trata, remando contra la
corriente, de ser responsable, de informar antes que entretener o
divertir al lector. Pero ¿qué decir de un fenómeno como el de
Hola?
Esa revista, que ahora se publica no sólo en español, sino en cuatro o
cinco idiomas, es ávidamente leída –acaso sería más exacto decir
hojeada– por millones de lectores en el mundo entero –los de los países
más cultos del planeta entre ellos, como Francia e Inglaterra– que,
está demostrado, la pasan muy bien con las noticias sobre cómo se
casan, descasan, recasan, visten, desvisten, se pelean, se amistan y
dispensan sus millones, sus caprichos y sus gustos, disgustos y malos
gustos los ricos, triunfadores y famosos de este valle de lágrimas. Yo
vivía en Londres cuando apareció la versión inglesa de
Hola, Hello,
y he visto con mis propios ojos la vertiginosa rapidez con que aquella
criatura periodística española conquistó a la tierra de Shakespeare.
Por eso, no es exagerado decir que
Hola y congéneres son los productos periodísticos más genuinos de la civilización del espectáculo.

Convertir la información en un instrumento de diversión es abrir
poco a poco las puertas de la legitimidad y conferir respetabilidad a
lo que, antes, se refugiaba en un periodismo marginal y casi
clandestino: el escándalo, la infidencia, el chisme, la violación de la
privacidad, cuando no –en los casos peores– al libelo, la calumnia y el
infundio.

Porque no existe forma más eficaz de entretener y divertir que
alimentando las bajas pasiones del común de los mortales. Entre estas
ocupa un lugar epónimo la revelación de la intimidad del prójimo, sobre
todo si el prójimo es una figura pública, conocida y prestigiada. Este
es un deporte que el periodismo de nuestros días practica sin
escrúpulos, amparado en el derecho a la libertad de información, y,
aunque existen leyes al respecto y algunas veces –raras veces– hay
procesos y sentencias jurídicas que penalizan los excesos, la verdad es
que se trata de una costumbre cada vez más generalizada que ha
conseguido, de hecho, que en nuestra época la privacidad desaparezca,
que ningún rincón de la vida de cualquiera que ocupe la escena pública
se libre de ser investigado, revelado y explotado a fin de saciar esa
hambre voraz de entretenimiento y diversión que periódicos, revistas y
programas de información están obligados a tener en cuenta si quieren
sobrevivir y no ser expulsados del mercado. Al mismo tiempo que actúan
así, en respuesta a una exigencia de su público, los órganos de prensa,
sin quererlo y sin saberlo, contribuyen mejor que nadie a consolidar
esa civilización
light que ha dado a la frivolidad la supremacía que antes tuvieron las ideas y las realizaciones artísticas.

En un artículo reciente, “No hay piedad para Ingrid ni Clara”,2
Tomás Eloy Martínez se indignaba con el acoso a que han sometido los
periodistas practicantes del amarillismo a Ingrid Betancourt y a Clara
Rojas, al ser liberadas, luego de seis años en las selvas colombianas
secuestradas por las farc, con preguntas tan crueles y estúpidas como
si las habían violado, si habían visto violar a otras cautivas o –esto
a Clara Rojas– si había tratado de ahogar en un río al hijo que tuvo
con un guerrillero. “Este periodismo –escribe Tomás Eloy Martínez–
sigue esforzándose por convertir a las víctimas en piezas de un
espectáculo que se presenta como información necesaria, pero cuya única
función es saciar la curiosidad perversa de los consumidores del
escándalo.” Su protesta es justa, desde luego. Su error es suponer que
“la curiosidad perversa de los consumidores del escándalo” es
patrimonio de una minoría. No es verdad: esa curiosidad carcome a esas
vastas mayorías a las que nos referimos cuando hablamos de “opinión
pública”, esa vocación maledicente, escabrosa y frívola es la que da el
tono cultural de nuestro tiempo y la imperiosa demanda que la prensa
toda, en grados distintos y con pericia y formas diferentes, está
obligada a atender, tanto la llamada de calidad como la descaradamente
escandalosa.

Otra materia que entretiene mucho a la gente es la catástrofe.
Todas, desde los terremotos y maremotos hasta los crímenes en serie y,
sobre todo, si en ellos hay los agravantes del sadismo y las
perversiones sexuales. Por eso, en nuestra época, ni la prensa más
seria puede evitar que sus páginas –o espacios– se vayan tiñendo de
sangre, de cadáveres y de pedófilos. Porque este es un alimento morboso
que necesita y reclama ese apetito de entretenimiento que
inconscientemente presiona sobre los medios de comunicación por parte
del público lector, oyente o espectador.

Desde luego que toda generalización es falaz y que no se puede
meter en el mismo saco a todos por igual. Por supuesto que hay
diferencias y que algunos órganos de prensa tratan de resistir la
presión del medio en el que operan sin renunciar a los viejos
paradigmas de seriedad, objetividad, rigor y fidelidad a la verdad,
aunque ello sea aburrido y provoque en los lectores y oyentes el Gran
Bostezo del que hablaba Octavio Paz. Señalo una tendencia que marca el
quehacer periodístico de nuestro tiempo, sin desconocer que hay
diferencias de profesionalismo, de conciencia y comportamiento ético
entre los distintos órganos de prensa. Pero la triste verdad es que
ningún diario, revista y programa informativo de hoy puede sobrevivir
–es decir, mantener un público fiel– si desobedece de manera absoluta
los rasgos distintivos de la cultura predominante de la sociedad y el
tiempo en el que opera. Desde luego que los grandes órganos de prensa
no son meras veletas que deciden su línea editorial, su conducta moral
y sus prelaciones informativas en función exclusiva de los sondeos de
las agencias sobre los gustos del público. Su función es, también,
orientar, asesorar, educar y dilucidar lo que es cierto o falso, justo
e injusto, bello y execrable en el vertiginoso vórtice de la actualidad
en la que el público se siente confuso y extraviado. Pero para que esta
función sea posible es preciso tener un público. Y el órgano de prensa
que no comulga en el altar del espectáculo corre hoy el riesgo de
perderlo y dirigirse sólo a fantasmas.

Por eso, mi conclusión es pesimista. No está en poder del
periodismo por sí solo cambiar la civilización del espectáculo, a la
que ha contribuido parcialmente a forjar. Esta es una realidad
enraizada en nuestro tiempo, la partida de nacimiento de las nuevas
generaciones, una manera de ser, de vivir y acaso también de morir del
mundo que nos ha tocado, a nosotros, los afortunados ciudadanos de
estos países a los que la democracia, la libertad, las ideas, los
valores, los libros, el arte y la literatura de Occidente nos han
deparado el privilegio de convertir al entretenimiento pasajero en la
aspiración suprema de la vida humana y el derecho de contemplar con
cinismo y desdén todo lo que aburre, preocupa y nos recuerda que la
vida no sólo es diversión, también drama, dolor, misterio y
frustración. ~

Madrid, septiembre de 2008

 

 

__________________

1. Paz, Octavio, “Chiapas: hechos, dichos y gestos”, en Obra completa, V, 2ª edición, Barcelona, Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, 2002, p. 546.

2. El País, 6 de septiembre de 2008.


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