“Cómo ser transgénero en Monterrey y no morir en el intento”, por Mario Alonso Prado Cabrera (Glenda Fradde TG )


El 28 y 29 de octubre de 2004 se llevó a cabo el Encuentro Nacional Escrituras y Homosexualidad organizado por el Departamento sobre Estudios de Movimientos Sociales (DESMOS) de la Universidad de Guadalajara en donde, me acabo de enterar, Glenda Fradde presentó una ponencia llamada “Cómo se transgénero en Monterrey y no morir en el intento”.

De lo anterior me enteré al leer una crónica de Joaquín Hurtado (también ponente del mismo evento pero no encuentro su ponencia) y esto me llevó a una nota periodística de ¡14 de marzo de 2005! que vale mucho la pena compartirse y espero subir pronto. En dicha nota leí sobre la ponencia, la “google” y la encontré.

Me parece muy importante rescatarla y difundirla por muchas razones.

En primer lugar, porque es  un ejemplo claro de que los asuntos de la identidad de género siguen siendo desconocidos para muchas personas y siguen siendo confundidos con el campo de la orientación sexual como en el título del Encuentro, quizás pudo incluir la “Disidencia Sexual”, la “Diversidad sexual”,  y no solo el homosexualismo. Porque lo que no se menciona no termina por existir.

En segundo lugar,  la historia de la misma autora y las historias que ha visto, vivido, y sufrido deben tocar las fibras de cualquier ser humano y romper los prejuicios y estereotipos que se ciñen sobre esa parte de la disidencia sexual llamada “trans”.

Su historia me resulta admirable por muchas razones: la dura lucha que ha vivido no sólo para obtener la aceptación social a su identidad de género sino para generar espacios públicos y tratar de incidir en políticas públicas a través de la información, la denuncia, el performance, y muchos actos de suma valentía que pocas personas nos atrevemos a realizar en esta sociedad tan marcada por la discriminación a lo que se sale de la “norma”.

Y en tercer lugar, porque en este relato da voz a su historia desgarrada y desgarradora pero también a la de muchas personas que tristemente hemos padecido el rechazo, los actos impunes de discriminación de las autoridades, las enfermedades producto de la ignorancia y la desesperación de reflejar tu identidad de genero en tu fenotipo, los asesinatos por transfobia impunes e invisibles que a nadie escandaliza porque en primer lugar a ningún medio de comunicación le interesa y esa misma cultura se sigue heredando a las generaciones siguientes.

Y es en este punto donde su relato y su historia me resultan valiosos.  Todos temen abordar las necesidades y las preocupaciones trans porque las desconocen. Y lo poco que conocen está cargado de prejuicios y estereotipos.

Por lo tanto, he aquí una mirada no endulcolorada sobre la situación trans en Monterrey. He aquí la historia de un ser humano valioso y valiente que lucha por algo que para la mayoría es un derecho de nacimiento: el reconocimiento social y legal a su identidad. He aquí el eco de muchas, muchas voces que han muerto en el intento, por la depresión de no alcanzar la expresión o el reconocimiento a su identidad, o que han sido asesinadas por el solo hecho de existir.  He aquí un breve recuento de los productos de la transfobia y la indiferencia de todas y todos.

Rebeca Garza

 

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Cómo ser transgénero en Monterrey y no morir en el intento

Por Mario Alonso Prado Cabrera (Glenda Fradde TG )

 

 “¡Si te vences vivirás arrepentido toda la eternidad viendo

 pasar ante tus ojos la existencia que rechazaste!”

Mario Alonso Prado Cabrera (Glenda Fradde TG )

I A manera de prólogo:

Noche de abril en la carretera a García Nuevo León, son casi las dos de la mañana y el pavimento continúa caliente, camino por las piedras del acotamiento torciéndome los tobillos por mi terquedad en usar zapatos de aguja.

Metros adelante mis compañeras contonean sus cuerpos semidesnudos (entre más enseñas más clientes consigues) similares al mío; agujas, minis ajustadas, tops, peinados y maquillajes exagerados; eso sí nada de pantis o trucos que engañen o escondan, pero si una inyección por aquí y allá para realzar lo que falta (nalgas, chiches, labios).

No ha sido buena noche, los trailers pasan sin detenerse desde hace dos horas, pocos son los autos que cruzan la cinta en ambas direcciones con mirones curiosos a los que despedimos con mentadas de madre cuando nos gritan algún insulto.

A mitad de la nada, con pocas esperanzas de agarrar algo (ni siquiera un resfriado porque la temperatura anda en los treinta centígrados), queda suficiente tiempo para dejar volar la mirada más allá del horizonte, a las estrellas dibujadas en el tapiz infinito del universo.

Es 1998, y sobre las sombras desnudas de los montes, una centella multicolor se despliega para romperse en la fugaz agonía de un arcoiris casi besando la punta de la sierra.

Apenas tengo tiempo de captar la visión cuando ya ha desaparecido, nadie más parece haberla visto, he sido la única testigo, y con ello he atrapado una fracción del universo que me habrá de acompañar hasta el día de hoy, muy lejos de García y de un tiempo de mucho sudor, algunas lágrimas y algo de sangre.
II 

 

El Gerente del ABC me observa en silencio un instante, luego desvía la mirada a los cajones del escritorio, de donde remueve y saca algunos papeles:

-¡No tenemos queja de ti, has sido muy buen reportero, pero comprende que esas son chingaderas-, vuelve a quedar en silencio, yo asiento con la cabeza; sin embargo pido otra oportunidad, que aquella persona a la que conozco desde hace dos años se encarga de aplastar definitivamente:

-Estrada me dijo que no quiere maricones en el empleo, no podemos hacer nada- pausa -además tu la fregaste al mencionar el nombre del periódico cuando te detuvieron- nueva pausa y al fin -pasa la semana entrante por lo que se te debe-. Hacia apenas un mes que había entrado, es el 11 de junio de 1997.

Acabo de salir del clóset.

 

III

Frente a mi una multitud expectante cubre la Macroplaza, desde la plataforma ubicada a un costado de palacio de gobierno mis palabras se pierden en un eco diluido en la oscuridad sofocante de este junio del 2004.

-¡Muchos o pocos, a despecho de todo, somos este día presencia viva y real de la comunidad gay de Nuevo León, quienes debemos y podemos tomar las decisiones para beneficio del resto, es el premio del sacrificio, del esfuerzo y de mucho sufrimiento-.

Un sollozo interrumpe el discurso, hay aplausos y gritos de apoyo, vuelvo a retomar el hilo de mis palabras con un ligero temblor en las manos que nadie nota; soy el líder de la comunidad transgénero, Soy el vocero de los gays, soy mi propia historia que aún no termina, Soy, ¿quién soy realmente?.

En el fondo, un pequeño Mario Prado sigue mirando al abismo del pasado con ojos fríos, llenos de odio; ya no teme, pero aún busca la venganza.

Afuera, Glenda sonríe con satisfacción porque la revancha ha sido toda suya; más allá de la macroplaza el futuro la espera, Mario quedo atrapado, empequeñecido en los oscuros años del despertar.

 

IV

Las imágenes vienen a mi mente una tras otra esta noche: calles, pelucas, masturbaciones, lipsticks, y espejos, muchos espejos donde mi cuerpo transforma, transfigura constantemente hasta volverme una verdadera mujer; adolescente, niña que corre por una calzada lluviosa a los brazos de su amado; al hombre que más quiso, que más odio, que mas lloró, su padre.

El niño abre los ojos, la calzada esta vacía en este septiembre de 1980; no comprende, ni quiere comprender, seguirá siendo buga por muchos años más; pero en casa la niña seguirá esperando paciente su tiempo, el tiempo de rebelarse.

 

V

En algún punto de los setentas (principio del ¿78?, ¿79?) Hace frío, me acurruco bajo las colchas hecho pollito atrás de papá que mira al infinito buscando taladrar en la oscuridad, el por qué de esa mañana, de ese niño con brassiere y peluca asomando asustado de bajo la cama donde ahora intenta dormir sintiendo mi cuerpo pegado al de él, ese cuerpo delgado, lampiño, que ya empieza a soñar ser mujer.

 

VI

Primavera de 1981. Subió al camión en la esquina de Arteaga y Carranza donde todavía existe la fábrica de dulces La Imperial. Llevaba unos pantalones vaqueros ajustados, blusa escotada y el pelo largo, negro que no le alcanzaba a cubrir el rostro moreno, sin maquillaje, con barba y bigote de cuatro días.

Pidió un cigarro al chofer, lo encendió y acomodó en el asiento delantero mientras seguíamos por Carranza hacia la secundaria. Por las noches, de regreso a casa, le veíamos asomarse al balcón en “Las Carmelas”, el prostíbulo donde vivían las travestís por avenida Madero. Nos guardábamos la curiosidad malsana de saber que había detrás de aquellos muros, nunca mencionábamos nada, sólo observábamos y callábamos, no fueran a acusarnos de maricones.

Hoy en ese sitio hay un table dance, pero sigue manteniendo el nombre original, de las vestidas que ahí vivían no se volvió a saber nada. Eran “invisibles”, por eso cuando aquel balcón quedo vació nadie se dio cuenta.

 

VII

Febrero de 1984

-¿Para quién lo querías?-, pregunta el vigilante al adolescente asustado que acaba de detener a la puerta del supermercado con un traje de baño. Confuso guarda silencio mientras lo arrastra a la caja. -No te voy a detener pero lo tienes que pagar-. Tímidamente responde, -es para mi novia-. La cajera ríe, -Con esto le va a dar una pulmonía-.

No, no me dio una pulmonía, pero tuve que sacarle el dinero a papá con el pretexto de unos exámenes de segunda oportunidad en la preparatoria.

No fue la primera pero tampoco la última vez. Unas veces detenido, otras impune, hurtando, recogiendo ropa (faldas, vestidos, brassieres, pantalones, blusas) en la calle, lotes baldíos, pronto se formó un ajuar escondido tras un viejo clóset en el taller paterno. Hasta que hicieron limpieza y lo tiraron todo, como siempre sin comentarios.

Y volver a empezar, recolectando como hormiguita, una prenda aquí, Otra allá, hasta cuando me la volvieran a tirar en la basura.

 

VIII

Mayo de 1994 Dicen que sus últimas palabras fueron a mamá, -¡Te encargo mucho a mi hijo!-. Lo enterramos una húmeda tarde de mayo, junto al secreto de sus múltiples silencios, ante la ropa de mujer escondida bajo los colchones, tras los roperos, el maquillaje usado, las medias de mamá rotas, las horas encerrado en el baño; y el por qué de aquella historia tantas veces repetida con admiración, del compañero de bachillerato que en los treintas se “vestía” en las fiestas de graduación para engañar a sus colegas con una belleza enloquecedora(¿no habrá sido algún pariente innombrable?, ¿no habrá sido él mismo, misterio).

 

IX

Otoño de 1995

Al principio fue la voz. Llamadas al azar tomadas del directorio telefónico. Practicando para el futuro con ingenuos oyentes; cachonda, sensual, inventando historias, perfiles, amores hasta que cansada cortaba para volver a marcar otro número. Estaba enloqueciendo de desesperación, la mujer se ahogaba entre cuatro paredes; salir, ser vista, excitarse, sentir un pene en el culo, empinada en un callejón oscuro o abierta de patas en una cama.

 

X

¡Putos!, les grito con todas mis fuerzas a las vestidas que cada noche se reunían afuera de una vecindad por Carlos Salazar, desde la impunidad del camión escolar y de mis compañeros que festejan la gracia, río con ganas, sin ningún remordimiento; me siento satisfecho, tranquilo en esta reafirmación de hombría; en casa, escondida en el clóset, expectante, me espera ella preparada a salir ese fin de semana, a conocer nuevas compañeras, a vestirse, a talonear, a cojer.

 

XI

Primeriza. (Verano del 98) Estrenarme con las jotas más viejas. Dos, tres veces, por el derecho a usar el cuarto, a vestirme con trapos y maquillaje ridículos, por la ilusión de salir, de ser admirada, aunque se burlen de mí porque soy una jotita novata de 30 años. Luego esperar afuera a que la reina dignara darme paso no sin antes ir por las cocas o aguantar como perro en la esquina hasta dos o tres horas.

Aguantar callada, con la quijada entrincada de coraje, con la voluntad de que algún día estaría del otro lado, igualita a la otra que vi en la casa de la “clorofila”, niña de quince a la que traían barriendo, lavando platos, ropa; silenciosa, sin hablar con las visitas, agachada la mirada, pero con la decisión de ser en unos años ” la más perra”.

 

XII

Me corrieron del cine América por nueva, las más corridas no querían Competencia y me hicieron lío, eso lo supe años después. A pesar de la Peluca echa bolas y la plasta de polvo como único maquillaje las inquiete; no fuera a dar el golpe y luego quién sabe.

De ahí Bibiana me invitó a su casa a dos cuadras de la mía; cuarto con cama como principal objeto de decoración (y de trabajo); aquella noche Me arregló por vez primera bien en mi vida. Al verme al espejo llore de Alegría. Esa noche fui presentada en “sociedad” en el bar Espuma.

También me enseño a vestirme; de puta claro, pero aprendí a hacerme Desear, a despreciar al pobre, a cobrar, a desafiar a las otras, a reírme De ellas a carcajadas; porque Glenda no sonreía, se burlaba.

El Espuma y el Ocean se convirtieron en mis segundas casas, la carretera en la tercera, la de la Chucles en la cuarta; ahí conocí a la Fer que tenía una estética en Guadalupe, a la famosa Jenny “po favo” (las mendigas dicen que hasta le levantaron estatua en la ciudad de México).

Recuerdo ahora el viento, el airecillo colándose rico por entre las piernas, bajo la mini untadísima mientras caminaba por avenida Colón rumbo a la central de autobuses; después fue el aire, ese que me despeinaba la peluca cuando la granadera corría a toda velocidad por las calles rumbo a la delegación; es uno de esos pequeños detalles que nunca se olvidan, el viento colándosete por todos los orificios del cuerpo desde ese negro hueco bajo el toldo de la patrulla por donde te metieron esposada o por los ventanucos enrejados de la van, y las luces de la ciudad dormida que van dejando atrás con esa urgencia desesperada que le imprimen los polis al vehículo, tal y como si tuvieran urgencia por deshacerse del puto que llevan dentro y volver tranquilamente al oficio nocturno de recoger maricones y cobrarles la cuota en carné o efectivo; sino, vas para adentro, porque tus derechos se los llevo ese viento, dejándolos tirados, atropellados a mitad de la calle. Ahora, sólo eres una jota más en la celda 11, y el viento no alcanza a llegar a este húmedo y apestoso rincón de la cárcel.

 

XIII

Nunca estoy sola, desde la madrugada llegan nuevos inquilinos, casquetes cortos, al rapé, calvicies incipientes o de plano pelones pero eso sí, cuerpos inyectados, blusas escotadas, micros o pantalones femeninos en piernas masculinas, algunas despojadas salvajemente del truco; otras con el delineador y el labial corridos durante los golpes y forcejeos. Ninguna se salva de la basculeada, del dedo en el culo, de desnudarse supuestamente para inspección antidrogas pero en realidad sirve de espectáculo a los policías que con burlas y albures festejan el “encueradero”. Las mujeres (policía y secretarías por igual) sonríen sarcásticas como diciendo -¡Nunca van a ser como nosotras, jotitos!-.

En la celda de enfrente llega un cargamento de teiboleras extranjeras; a ellas las dejan hacer llamadas, les traen refrescos y las sacan a comer.

A nosotras, ni agua; sólo la del excusado.

 

XIV

Nunca supimos quién era, le arrancaron los trucos, la golpearon hasta dislocarle un hombro y luego cargada como un saco de papas la fueron a aventar inconsciente a la celda contigua, donde azoto entre orines y excremento. Era bella, lo fue; cuando salí 12 horas después todavía estaba ahí.

Alguien exigió que llamaran al médico de la delegación, con cara de fastidio llego mucho tiempo después hasta la puerta del calabazo, miro al interior, hizo un gesto de asco y se fue; después de todo el pinche joto se lo busco.

Nunca me la encontré en las calles, en los antros, en la oscuridad de los callejones donde se chupa por 50 pesos para conocer su odisea, saludar su dolor compartido con otra jota.

Posiblemente, su espíritu todavía duerme en la celda del edificio hoy semiabandonado.

 

XV

Como ser travestí en Monterrey y no morir en el intento.

Miércoles 19 de diciembre del 2001.

Se llamaba Karla y la mataron a palos en el Libramiento Noreste. El trailero la persiguió hasta la entrada de una empresa a donde corrió pidiendo ayuda. Los vigilantes no le abrieron, miraron impasibles como el asesino golpeaba hasta el cansancio el cuerpo inerte.

Era una buena chica, sus sobrinos la adoraban, su mamá aún la llora. Cometió el pecado de enamorarse de un sujeto que oculto la relación a sus compañeros; cuando uno de ellos descubrió esa noche la relación, la mejor manera de preservar la hombría fue matando al travestí y luego acusándolo ante la policía de haber intentado robarlo. La opinión pública aceptó el veredicto, -Al cabo todos los putos son iguales-; en tierra de hombres las vestidas no tienen derechos, ni a morir con dignidad.

En una casa de la colonia Independencia, los sobrinos se quedaron esperando que como cada navidad la “tía” llegará con sus regalos.

 

XVI

2 de noviembre del 2002

La gente pasa curiosa frente al altar de muertos improvisado montado afuera del Sanborns. Los que se detienen no ocultan su sorpresa al leer los recortes de periódicos y la lista con los nombres de los travestís asesinados.

-¡Como es posible!- exclama una señora madura de clase media alta a su elegante esposo, -¡esas cosas no suceden aquí!-, el no contesta sólo hace una mueca de desagrado, de rechazo; voltea a verme, falda larga de mezclilla, saco de vestir, botas, peluca larga castaña, maquillaje discreto; su expresión no cambia.

Los empleados de la tienda intentan retirar el altar, los policías municipales amenazan hasta que una llamada (simulada) por el celular a un canal de televisión los ahuyenta.

La gente continua pasando, nadie lo puede creer; ven los nombres de la “chisqueada”, de la que encontraron con el cráneo partido en Apodaca, la que mataron en el libramiento, la que atropellaron en la Carretera a García, la que estrangulo el chiclero con su mascada, y mentalmente repiten en su mirada, -¡esas cosas no suceden aquí!. Hace frío y la llovizna sigue cayendo en la calle Morelos, el cielo es el único que llora estas muertes invisibles.

XVII

Somos un páramo de cruces invisible que va cubriendo las calles y avenidas de Monterrey. Ahí, en Colón, afuera del bar donde se prostituía “fulanita de tal”, queda de repente un espacio vacío; pero no tarda en llegar una “nueva” de quién sabe donde, casi siempre adolescente a talonear; de la ausente sólo quedan rumores que nadie busca comprobar, -Le pego el huevo-, -se le paso el aceite a los pulmones-, -la atropellaron en la Monterrey-Saltillo-, y poco a poco su imagen se va difuminando, como el humo de esos camiones destartalados que cruzan por la avenida hasta la madrugada.

 

XVIII

Vivir y morir en Monterrey.

“Lala” era la más chingona, a ella todos los polis le pelaban los dientes. Con 1.80 de estatura, larga como garrocha y una voz de trueno, asustaba a los clientes para robarlos o a las jotitas nuevas para tenerlas bien “dominadas”, pero con el comandante Villarreal no pudo.

Le costó tener expediente en el MP y gritarle que lo iba a denunciar ante los medios por extorsionar a las vestidas; no cumplió, pero Villarreal si. Se fue a Ciudad Victoria, regreso hace unas semanas pero volvió a irse; se vino porque allá también la buscan pero aquí ya no puede trabajar, aunque sea la mas chingona.

A Xiomara le picó una víbora en la carretera a García. Un torniquete y de urgencia al hospital. De todos modos se le puso el pie como pelota; tuvo que regresar con su familia que no la quiere. Ya no puede talonear, quedo baldada permanentemente; el cuarto que rentaba se ocupo inmediatamente por otra travestí.

Bibi escupe permanentemente el aceite que se inyecto hace cinco años para agrandarse el busto; este ya no existe más que en fotografías pero el líquido continúa ahí, como una plasta pegada a los pulmones que la sofoca y le hincha el vientre permanentemente.

A la Aries el “huevo” le vale madre, sin dientes pero con mucho colmillo para el “golpe”, atrae a los clientes con la piel blanca y el rubio platinado en el pelo que le dejaron los polis en una que la cacharon en la movida y la mandaron directo al penal. Pero a la jota eso le vale, nieve, llueve o truene siempre anda rabona y cuando anda bien peda, enloquece a los ebrios haciendo tijera con las piernas o doblándose hacia atrás hasta casi tocar las nalgas con la cabeza. Las otras vestidas se la curan, jurando que lava los condones usados o se pone dos para ahorrar.

 

XIX

El fenómeno se repite día tras día, el número crece, la edad disminuye, las más grandes se sorprenden de esta invasión; los adolescentes gays apenas llegan a los quince(o a veces menos) y ya comienzan a pintarse y usar pantalones ajustados a la cadera.

-Es la nueva generación que viene arrasando-, aseguran con sentimiento de resignación y coraje porque las “nuevas” vienen a “comerles el mandado”. Como la Vicky que a los dieciséis ya esta totalmente hormonizada, trabaja de bailarina en un table y cuando una “biológica” le hace pedo se la pone en su lugar. O como la Anahi que triunfo con su interpretación de Rocio Durcal y se llevo un título de miss, aunque en las noches talonea de niño en los rincones oscuros de la colonia Sarabia sabiendo a ciencia cierta que va cargando en sus entrañas un boleto con día y hora señalada. Como la Samantha que lloró en mi hombro cuando le dieron el resultado positivo y luego se fue a “jalar” a Reforma para enjugarse en hombres la pena.

 

XX

A manera de intermedio. Fragmento del discurso pronunciado en abril del 2003 por el lic. Ramiro Cárdenas Durán de asuntos internos de la policía regia a un servidor cuando lo carearon con el policía que lo detuvo en diciembre del año anterior por “prostitución” al caminar “vestida” en vía pública:

-¡En esta ciudad los hombres se visten de hombres y las mujeres de mujeres!-.

Tres semanas después inicie mi campaña para diputad@ local en vestida y maquillada, durante dos meses en toda el área metropolitana, -Aunque en esta ciudad los hombres se vistan de…-

 

XXI

La elección.

Nomás a mi se me ocurre. Pero ahí va la Glenda de candidata.

En la primera aparición en televisión, -¡escándalo, como era posible que un homosexual se atreviera a tanto!, si en Monterrey nomás sirven para el talón, cortar pelo, divertir a las solteras y estrenar a los quintitos-.

Diplomático y conciliador, el comentarista recordó al sacrosanto auditorio que en este país, lo que sobran son políticos homosexuales, nadamás que se la pasan encerrados en el closet. ¡zaz!.

Y todavía aguantar una candidata a la alcaldía más mocha que Serrano Limón, asustada porque sus comadres del deportivo Cumbres la vieron junto a un homosexual, a no tener lana, a no tener propaganda, a que el cierre de campaña ni el líder del partido presente.

Al final, agotada, botar los maquillajes, la peluca, la ropa, los zapatos, el truco. Fueron 300 votos, pero a Glenda sólo le interesaba echarse un sueñito, de cuatro meses, hasta noviembre, después de todo se había salido con la suya; voluntariosa la niña, como quién dice, ganarse el derecho a la calle nomás por sus benditos “ovarios”, todo con tal de romper el ghetto.

 

XXII

Sentir la soledad, sentir la muerte.

En Arteaga y Guerrero afuera del bar Espuma, a eso de las dos de la mañana, una noche lluviosa de marzo del 04. Siempre pasa lo mismo, camino lejos de las vestidas que se berrean unas a otras como forma de ahuyentar el aburrimiento, el cansancio y a los borrachos que llegan a pedir nalgas gratis.

Siento un hueco en el corazón, un infinito sentimiento de tristeza que se pierde en las oscuras cuadras, en ese momento los triunfos parecen nada, los años idos de luchas incansables diluyen en el pavimento mojado al sentir la frustración y el coraje de estar aquí, con un currículo de tres hojas, con una candidatura, con diplomas y reconocimientos, tratando de ganar unos centavos porque he ido tan lejos en este desafío que se me han cerrado las puertas de los trabajos, porque en ésta sociedad nadie contrata en un medio de comunicación o una empresa a una “vestida” full time y menos activista.

Recuerdo pasados instantes de depresión, por un breve segundo veo mi cuerpo retorcerse abajo del urbano; doy un paso bajo la acera, me siento atrapada, no puedo escapar de Glenda y lo que soy ni siquiera atravesando el umbral; regreso sobre mis pasos, no habrá otra cruz más en la ciudad.

Retorno al bar, un cliente invita a sentarme, pido una cerveza con ficha y me dispongo a escuchar otra historia de frustraciones matrimoniales. Afuera sigue lloviznando, no parará en los siguientes meses.

 

XXIII

Noche de enero de 1998.

El gas invade poco a poco la cocina, acostado en el piso se apodera de mí un sueño cada vez más pesado. Cerrada la puerta que da a la sala, mamá ve la televisión sin percatarse de nada.

Siento ya no tengo nada que perder, lo he perdido todo, trabajo, novia, estudios, el futuro servido en bandeja de plata; un jale seguro en el ABC, la posibilidad de titularme, de llegar a El Norte, de alcanzar algún día el puesto político con el cual tantas veces soñé; todo por un momento de calentura seis meses antes.

Me dejo caer resignado, con los ojos cerrados mientras aspiro el cada vez más pesado ambiente; de pronto bajo los parpados pasan en rápida secuencia una serie de imágenes, del futuro que ya no conoceré.

Apenas puedo respirar, un pensamiento me despierta, -¡Si te vences vivirás arrepentido toda la eternidad viendo pasar ante tus ojos la existencia que rechazaste!-.

Mamá nunca se dio cuenta, el aire fresco de la sala reanima; vendrán Tiempos muy duros, pero la decisión esta tomada; viviré.

 

XXIV

Noche de mayo del 98 en Saltillo.

Lloro buscando respuestas con la mirada entre las nubes donde se oculta ya el sol. No hay más que buscar la soledad del exilio para lamer las heridas y recuperar el coraje. Mario siente la tristeza del desarraigo, Glenda calcula las posibilidades del nuevo hogar.

 

XXV

Junio del 2000.

Con el nuevo siglo Glenda retorna a Monterrey. Atrás quedaron las noches de una ciudad muerta, la Ana Karen y la Karla viviendo al filo eternamente drogadas, eternamente perseguidas, o la “Chiquis” de rostro duro y pocas palabras que desgasto noches en un callejón hasta que la hicieron escupir el hígado a golpes. Los policías que pedían moche para dejarte jalar, los idiotas que bajaban la ventanilla para preguntarte que si eras mujer antes de largarse con una mentada en el asiento de al lado. Las noches frías de calles donde ni siquiera perros. La zona donde sólo hay dos bares para gays y travestís y si llegas de nueva y sin madrina te arriman una pero con cuchillo y filo de botella.

Regreso con el verano y los calores que invitan a salir en las noches, pero esta capital ya no es la misma, pronto habré de comprobarlo.

 

XXVI

2000-2003

“Por faltas a la moral y el buen gobierno” decía el alcalde Felipe de Jesús Cantú, guapo guapo, pero bien cabrón con la raza, sobretodo las vestidas. ¡Ah que lata nos dio tres años, ya nos traía bien asoleadas!, nomás llegaba la mañana del domingo y las celdas estaban de jotos y vestidas hasta la madre. Ya no podías andar ni con las uñas pintadas porque ibas para arriba. Pero no lo dejamos dormir, le hakeamos el mail con cartas de protesta, organizamos paradas y performances afuera del municipio, entregamos quejas a la comisión de derechos humanos, lo enfrentamos “face to face” en su “miércoles ciudadano” junto con su jefe de policía, le organizamos tres marchas del orgullo, le hicimos “pancho” en los medios cada vez que pudimos, etc.

Glenda sobrevivió, y Mario se hizo más pequeño

 

XXVII

Primera marcha del orgullo gay en mayo del 2001.

Bajo un sol canicular, me estoy cociendo bajo la peluca cuadrada pero marcho y grito hasta cansarme junto a la Eliud y la Nancy. Llevamos una manta con la leyenda “derechos para todos”, y a pesar del calor cantamos junto a otras vestidas, gays y lesbianas “a quién le importa”.

Es una catarsis, igual que yo veo mucha gente llorando, es la primera vez que somos diversidad en el día, en la calle; no los sábados por la noche en los antros. Hemos abierto una grieta en el muro de la intolerancia.

En las fotos de prensa soy una “monita” con pelo de “henrruchito” casi tapada por la manta y la multitud. Otras fueron las que llenaron ese día las primeras planas. A la mayoría no las he vuelto a ver, sólo a las vestidas de la Coyotera, que siguen presentes tres años después a pesar de que el nuevo alcalde ya les tumbo la mitad de la colonia para ampliar la avenida Carranza. Cosas del progreso.

 

XXVII

Octubre 2003

Toma de posesión del nuevo alcalde.

Con una manta en la macroplaza para despedirlo. Nunca lo vimos. Salió por la puerta de atrás. Los colores las siglas cambiaron. La gente alrededor nos apoya. Los policías no nos molestan. Parece haber una nueva actitud, ¿pero, hasta cuando?.

Esos mismos días, al teléfono la licenciada Idalia Guerrero de asuntos internos de la policía regia.

Sobre las detenciones de diciembre, se me devolverá el dinero de las multas, se destruirán documentos, se pide una disculpa.

-Este seguro que en esta administración eso no volverá a suceder-. Noviembre en su oficina con mi abogado, se devuelve el dinero, se reitera la promesa; veo de reojo al pasillo, Ramiro Cárdenas Durán cruza en silencio, mira sorprendido, yo sonrió, -en esta ciudad los hombres ya pueden andar como mujeres y las mujeres como hombres-, punto.

 

XXVIII

Nuevos retos

Octubre 2004

Los comandantes extorsionan a las vestidas. El mero jefazo se presenta personalmente afuera del bar.

-Eso no volverá a pasar, si sucede denúncienlo- les discursa a los sexo servidores. A los comandantes -si lo vuelven a hacer los corro, porque estas personas son ciudadanos como todos y tienen sus derechos-, regaño frente a las jotas, ahora andan muy mansitos, sobretodo el tal Villarreal que cobraba hasta 300 por derecho de piso.

Ya me dijo una travestí que hasta piensan montarle un altar al jefazo, y encienden velas por si las dudas para que el alcalde no lo corra.

Ocho meses antes comentario de ella sobre el mismo tema, -No jota, mejor ni hagas pedo en los medios porque luego nos van a traer de carro. Mientras nos dejen trabajar vamos a pagar, que al cabo nomás son cincuenta pesos-; pero la cuota subió, subió y subió, hasta que a los 400 la bomba estalló y dos de ellas denunciaron en asuntos internos y en la televisión.

Ahora el problema es controlar las que andan drogas o insultando casi encueradas a las familias a las cuatro de la tarde; esa es tarea del grupo que comienza a tomar conciencia de unidad.

Ya no me necesitan, han iniciado a volar con sus propias altas; pequeño triunfo en una lucha interminable.

 

XXIX

Nuevo intermedio

Frente a la computadora, mediodía de sábado octubre 2004. Mentalmente hago lista de nombres pasados y presentes en esta vida travestí, compañeras, conocidas, amigas, confidentes, criticas: Bibiana, Fernanda, Jessy, Jenny, Mónica, Madona, Paulina, Lala, Michelle, Nancy, Susana, Jasiela, Natalie, Lola, Karen, Aries, Anahi, Chabela, Gabriela, y así hasta el infinito. Sólo queda una pregunta, ¿conoceré algún día sus verdaderos nombres?, ¿sabré realmente cuantos somos en esta zona metropolitana?, si alguna vez la Fer que tenía la estética en Guadalupe señalándome un multifamiliar de cinco pisos y cuatro edificios afirmó, -¿vez esos departamentos?, los que no son gays, son de vestidas-, y no lo dude, porque cuatro cuadras a la redonda se encontraban a cada paso estéticas y salones de belleza; lo irónico es que en toda esa cantidad de gente, la mayoría se vuelve casi invisible porque ya no usan el nombre ni la foto de la credencial de elector; a menos que vayan a votar, pagar servicios, adquirir créditos, porque en Nuevo León los transgéneros y menos los transexuales tienen algún derecho ante la ley, simplemente no existen; ni cuando se mueren.

 

XXX

Retorno a la realidad

Junio del 2004.

Glenda aparece seis días seguidos en televisión leyendo un comunicado. La famosa lucha por los derechos matrimoniales llega a Nuevo León. Su rostro de mujer madura, intelectual, lentes y pelo rubio corto repasando una y otra vez las líneas de la iniciativa remeció las fibras de la familia Prado.

Terremoto al interior, los escandalizados tíos y tías piden al primo Ernesto que ponga un “hasta aquí” a la honra arrastrada por la “atrevida”.

El vocero familiar encara a Mario, pregunta, inquiere, escucha, comprende aquello que intuía pero jamás había escuchado de su boca, pide seguridades, prudencia, acepta más teme el futuro, el posible sacrificio y el dolor de una madre solitaria.

Mario transige, pero Glenda mantiene la defensiva. No habrá más apariciones en los medios por el momento para tranquilidad del núcleo familiar, lo demás no se negocia, es una cuestión más allá de las posibilidades de Mario, atrapado en la telaraña de una dinámica que le lleva adelante, siempre adelante desde aquel día en que sin ningún recato la vestida le grito, -¡Voy a salir, voy a salir, y ni tú ni nadie podrá detenerme!-.

Una semana después la “mujer” volvió a aparecer sin ningún recato. A Glenda el núcleo familiar le parece un lujo inútil.

 

XXXI

Mi madre llora en silencio desde 1998. Descubrió en la confesión del único hijo la terminación de sus sueños, verme casado, con profesión, hijos y una familia típicamente heterosexual, como mis tíos y primos.

He conquistado muchas fortalezas, esa ha sido la única que no he podido coronar. Se acabaron los gritos, la ropa tirada a la basura, pero quedan las frases no dichas, las miradas interrogantes, el futuro cuestionado(los gays no tienen más que la soledad y la frustración). Acepto los viajes, las notas en el periódico, que los vecinos y la familia ya lo saben, que travestí no es sinónimo de prostitución (me vio vestida el día de cumpleaños de diciembre de 2001 y antes de encerrarse en su cuarto dijo -pareces puta-), que en esta vida aunque con sacrificio se puede triunfar y salir adelante sin importar el que dirán; pero el triunfo sigue lejano, y ella tiene ochenta y dos años.

Mario siente acabar el tiempo, Glenda sangra a veces un poco su corazón, antes de leer el siguiente comunicado frente a las cámaras.

 

XXXII

Esta es mi historia, la historia de muchas y ningunas en Monterrey, porque en esta ciudad del conocimiento y los foros intermexicanas las travestís seguimos siendo invisibles a menos que luchemos incansablemente en los medios de comunicación, en los congresos, en los municipios, en las comisiones de derechos, en nuestras familias, escuelas, iglesias, con los gays y las propias travestís. Pocas están dispuestas a soportar esta presión diaria y mucho menos al saber que nunca concluirá.

Pero siempre estamos ahí, a la vanguardia en las marchas, en las protestas, aunque los gays puros nos hagan cruces y se desgarren las vestiduras.

Siempre ahí, juntas, solidarias, aunque nos perremos, nos agarremos del chongo o nos depreciemos porque siempre habrá una más bonitas o más feas que otras; viviendo juntas en vecindades sucias, compartiendo los cuartos, la ropa, los taxis, hasta las lágrimas o el coraje porque nos corrieron de la casa o nos metieron al bote; apoyándonos y rechazándonos porque vemos en esos espejos nuestros odios y frustraciones; ninguna alegría.

Y es que en Monterrey las travestís no sonreímos. Cierto, aprendemos a burlarnos de todo, hasta de nosotras, aprendemos a reír con burla, a carcajearnos del dolor, del huevo que nos revolotea alrededor como ese espíritu de la santa muerte que nos mira fijamente desde el oscuro rincón de los cuartos, de los polis, de las señoras asustadas, de los rancheros que nos gritan estupideces en las avenidas, de los clóset, de los políticos tapados. Nunca conocerás aquí una travestí que sonría, a menos que cargue una infinita tristeza en su alma, entonces aparece levemente una mueca en su rostro como si viniera una imagen a su mente que desaparece en un instante, porque es un síntoma de indefensión, y a las vestidas no nos enseñan a ser vulnerables.

 

XXXIII

¿Autobiografía?, tal vez, mejor diría radiografía de tres décadas de confusión, miedo, rechazo, auto aceptación, no de una persona, sino de un individuo integrado en una sociedad que al descubrir su “verdad”, hizo lo posible por desintegrarlo, marginarlo, porque aún le falta mucho para tolerar, pero no termina por aceptar; porque tiene terror de mirar sus propios pecados y omisiones en ese espejo.

 

XXXIV

En cada apartado de mi existencia como el de otros transgéneros surgen y repiten los mismos factores, marginalidad, rechazo, discriminación, invisibilidad. Unido todo esto provoca en un alto porcentaje, baja autoestima, sentimientos de autodestrucción, violencia, adicciones, soledad, falta de arraigo en un lugar específico. La salida o expulsión del hogar en la adolescencia lleva a bajos niveles educativos al no continuar estudiando y terminan en el circuito de la prostitución porque es mejor remunerado que los trabajos a los que pueden acceder con primaria o secundaria. Pocos son los que logran romper este círculo perverso.

Paulina trabaja desde hace años en la calle, a domicilio o en su casa. Tiene más de treinta y una década en el “talón”, a diferencia de otras ahorra y prevé a futuro. Vive en un lujoso departamento en céntrica zona residencial y cuenta con un auto compacto. Hace poco me contó que entro a estudiar belleza en el Seguro Social.

Mónica llegó hace cinco años de Oaxaca y desde entonces “jala” en los bares, en la carretera a Matehuala y últimamente (como ya dejan) en calzada Madero. Vive en una vecindad con otras vestidas a un lado de la vieja policía regia (ironía), pero tiene aspiraciones. También entro a estudiar a una academia, porque ya está cansada de las desveladas, los sobresaltos con la poli y los clientes que le piden de todo. Piensa abrir una estética el año entrante y andar de “mujer” todo el día.

Podrían ser más, si alguien (fuera de la nota roja y de espectáculos), se tomaran la molestia de saber que existen, y hubiera programas de apoyo a este grupo específico. Pero como en la “capital del machismo” no hay lugar para putos.

 

XXXV

Yo también soy una excepción, quiso la suerte que saliera del clóset después de estudiar, trabajar, tener curriculum. Con todo y todo, de nada sirvió ante la trasgresión a los sacrosantos principios de la moral regiomontana; por lo cual es una lástima pero:

Ya no voy a trabajar en El Norte, no daré clases en el TEC, no iré a los tables(a menos que me dejen bailar en el tubo), ni a los bailes gruperos(a menos que de vaquerita), no formare parte de esa cultura regiomontana del trabajo y el esfuerzo, de obreros robustos (sólo casarme con uno), cerveceros y futboleros que comen carne asada con los compadres mientras insultan a la esposa y sueñan con la secre del jefe.

No saldré en “Líderes” con Lerdo de Tejada o me harán un monumento como a Pipo (compañero de la diversidad) o al Piporro(a menos que funde una industria, me haga padre o de perdido futbolista). No me casaré en catedral ni habrá pachanga para los primos ( claro que siempre me he querido casar de blanco pero en fin), tampoco me iré de luna de miel a Orlando ni apareceré en la página de socialitos(a lo mejor en Rola Gay o Homópolis). No viviré en Cumbres, menos en la del Valle, pero si en Valle del Infonavit con otras jotas. Cuándo muera, no habrá esquelas de una página, pero si la bandera arcoiris y la Glenda bellísima sonriendo con el modelito de última moda y el pelucón de miedo.

Dormiré tranquilo, porque habré recuperado un trozo robado a nuestra dignidad y fracturado el muro del ghetto donde todavía muchos insisten en vivir.

Posdata a manera de agregado:

Mañana de septiembre en la oficialía de partes en el congreso del estado. Mario Prado llega a presentar una iniciativa para homenajear a los caídos en la batalla de Monterrey durante la intervención norteamericana de 1846.

Los medios se acercan presurosos, esperan taxistas piratas. Cuestionan el por qué de la presencia de Mario. Breve explicación, una reportera de televisión inquiere -¿porque no vino Glenda?-, esto no le incumbe, es una cuestión de historia no de derechos humanos.

Paneos, fotos con el documento, nuevos cuestionamientos, finalmente salgo satisfecho con la cobertura.

Nada apareció, ni ese día, ni los siguientes (con una sola excepción); el intelectual no es noticia, la travestí si.

Con esos bueyes hay que arar en la capital del Forum de las Culturas.

Monterrey. Octubre del 2004.

Fuente: http://www.transexualegal.com/art-03.html

Acerca de Rivka Azatl

Este es un blog que nació por el simple deseo de compartir lo que leo, lo que veo, lo que escucho, lo que hago, aquello que me gusta y disgusta también. No tiene mayor pretensión que esa, el simple y profundo deseo de compartir.
Esta entrada fue publicada en Derechos Humanos, Entre mujeres, Organizaciones, Salud y bienestar. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a “Cómo ser transgénero en Monterrey y no morir en el intento”, por Mario Alonso Prado Cabrera (Glenda Fradde TG )

  1. Pingback: Tolerancia contra el sexilio « "YO SOLO SOY"

  2. glenda prado cabrera dijo:

    gracias por la publicacion en tu blog, de antemano cuentas con mi amistad y solidaridad, ha corrido mucha agua desde aquel lejano 2005 y la vida no se ha detenido, la memoria y los sucesos continuan adelante y nuevas luchas y victorias han ocurrido y siguen ocurriendo, te invito a seguirme en mi face: prado cabrera glenda, ahora desde Saltillo Coahuila y espero pronto conocernos y contarte de viva voz este testimonio de vida que sigue(valga la redundancia) tan vivo e intenso como siempre.
    Atte
    Una amiga
    Glenda Prado Cabrera

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