Una ramita, dos ramitas


Un anciano se está muriendo y convoca en torno a sí a los suyos. A cada uno de sus muchos hijos, esposas y parientes le entrega una corta y resistente ramita. “Romped la ramita”, les ordena. Con cierto esfuerzo, todos rompen la ramita por la mitad.

“Eso es lo que ocurre cuando un alma está sola y no tiene a nadie. Se rompe fácilmente.”

Después el viejo les dio a cada uno de sus parientes otra ramita Y les dijo: “Así me gustaría que vivierais cuando yo haya muerto. Reunid todas las ramitas en haces de dos y de tres. Y ahora, quebrad los haces por la mitad.” Nadie puede quebrar las ramitas cuando forman un haz de dos o tres. El viejo me miró sonriendo. “Somos fuertes cuando estamos con otra alma. Cuando estamos unidos a los demás, no nos pueden romper.”

De igual manera, cuando las dos facetas de la doble naturaleza se mantienen juntas en la conciencia, ejercen un enorme poder y no se pueden quebrar. Es la característica de la dualidad psíquica, de los dos aspectos gemelos de la personalidad de una mujer. Por su cuenta, el yo más civilizado se encuentra a gusto, pero un poco solitario. Por su cuenta, el yo salvaje también se encuentra a gusto, pero ansía relacionarse con el otro. La pérdida de los poderes psicológicos, emocionales y espirituales de las mujeres se debe a la separación de estas dos naturalezas, a la simulación de que uno u otro de ellos ya no existe.

Tomado del Libro “Mujeres que corren con los Lobos” de Clarissa Pinkola Estés (“El compañero: la unión con el otro”)

 

 

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