La globalización y l os mitos fundadores de la civilización j udeo-cristiana


“El discurso dominante insiste en que sólo la globalización es resultado verdadero del proceso de mundialización. Por ellos, cuanto se opone a ella es definido como espurio, y se le adjudica automáticamente un significado reaccionario, anacrónico, contrario al progreso. El discurso afirma que nada podrá evitar el avance hacia la conformación de una única economía mundial, una única sociedad mundial y una única cultura mundial. Este discurso, aunque de ello no sean conscientes quienes lo extienden, se encuentra profundamente enraizado, no ya en la “lógica de la razón”, si no en los mitos fundadores de la civilización judeo-cristiana, es decir, de Occidente. En efecto, la bondad de lo homogéneo, de lo uniforme, y de lo grande frente a lo negativo de lo diverso, de lo heterogéneo y de lo pequeño es una de las constates del pensamiento hegemónico mediterráneo-europeo-norteamericano. Está en la base del etnocentrismo eurocéntrico y de la aspiración hegemónica e imperialista de los Estados de Europa, traducida y autolegitimada primero en la pretensión de cristianizar, y más tarde de civilizar, a todos los pueblos del mundo; en definitiva a dominar a éstos. El mito de la torre de Babel es bien ejemplificador: la diversidad de lenguas, y por extensión de culturas, es interpretada como resultado del castigo divino contra los pecados de los hombres. La diversidad, pues, es un estigma. La homogeneización, la desaparición de la heterogeneidad, acercaría a la humanidad de nuevo al plan divino originario. Si sustituimos a Dios en el ámbito de lo sagrado (de los absolutos sociales) por la razón, la naturaleza o la historia sacralizadas (consideradas como absolutos sociales), como hicieron en cada caso, racionalistas, positivistas y la mayoría de los marxistas, veremos cómo, en realidad, nada esencial ha cambiado en esta conceptuación, y tendremos explicada la continuidad durante los dos últimos siglos de la valoración positiva de lo homogéneo y unitario frente a lo diverso y fragmentario. Los mitos perdidos en el tiempo del Dios único (y, por tanto, verdadero) en contraste con los dioses múltiples (y, por lo tanto, falsos), de la condena a la confusión de Babel, del fuego de Sodoma y Gomorra, y tantos otros, nos están señalando, de manera inequívoca, que para el sacro religioso la unicidad, la homogeneidad y la centralidad son valores positivos, en contraste con la pluralidad, la heterogeneidad y la fragmentación. Y desde la razón, la naturaleza, el Estado y la historia, entendidos también como sacralidades – como absolutos sociales que han sustituido al dios de la religión en el papel de eje de legitimación y reproducción del orden social dominante—la interpretación continúa siendo básicamente la misma. Sólo cambia la fuente de legitimación. Desde esta perspectiva, debería sorprendernos muy poco la valoración negativa que hoy se da a los nacionalismos y a sus reivindicaciones: desde el derecho a utilizar en todos los contextos, y no sólo en el privado, las lenguas minoritarias, las instituciones y el derecho propio, hasta el derecho a la libre autodeterminación, incluyendo entre las opciones el de separarse del ámbito mayor, estatal, en el que esté integrado el correspondiente pueblo.”

Fragmento de “Mundialización, globalización y nacionalismos: la quiebra del modelo de Estado Nación” de Isidoro Moreno.

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