Pensamiento Científico y Democracia Social


La verdad es una experiencia humana. Es el resultado del choque entre nuestros sentidos, instrumentos a través de los que percibimos, y el objeto o la cosa observada. Ciertamente depende del contexto o marco de referencia, de la sociedad, la cultura y el lenguaje. Y mucho ha tenido que ver el instrumento por medio del cual se vive la experiencia de la observación o percepción de la realidad.

En este sentido, queda claro que lo que llamamos “verdad” depende del instrumento que sirva de puente entre el objeto o la cosa observada y la persona que observa. Por lo tanto, adicionalmente, tendrá que ser dinámica, en constante cambio  e idealmente tenderá a ser progresiva y a la ampliación de sí misma.

Más allá de los cincos sentidos, hemos creado diferentes instrumentos que han enriquecido la experiencia de cómo percibimos el mundo. El telescopio catapultó a nuestros ojos hacia otras colosales composiciones que nos eran desconocidas y que dimos por llamar estrellas, planetas, sistemas y galaxias. El microscopio hizo al ojo humano escudriñar otras formas de manifestación de vida que coexisten en el mismo tiempo y en el espacio que nosotros y que dimos por llamar átomos, células, tejidos, órganos y sistemas.

El lugar en que nos ubicábamos en el Universo pasó de ser el centro hasta ser un grano de arena de un rincón de una galaxia. Mientras no se alcance a medir más allá de lo que conocemos por Universo, o mientras se comprueba o refutan las teorías que existen 11 dimensiones, por ejemplo, quizás hasta entonces, la forma en que concebimos nuestro lugar, nuestra cosmovisión, cambiará.

Por lo tanto, inevitablemente el acto de observar cambia a quien observa. El conocimiento es un detonador de cambios. El lugar en el que se ubicaba el ser humano en sus orígenes ha ido cambiando de conformidad con sus conocimientos acumulados. De ser un sujeto pasivo y temeroso de los fenómenos de la naturaleza parece ser que la humanidad se ha vuelto en el único ser viviente que ha colonizado cualquier, aparentemente, ecosistema  así como el depredador más destructivo.

Pareciera, irónicamente, que  mientras la ignorancia nos hizo creernos el centro del universo, ahora sabemos que remotamente estamos de eso, el exceso de información, de expectativas sociales que se espera de la persona en la actual sociedad que demanda consumos constantes –de conocimiento, de diversión, de metas, de sueños, de necesidades artificiales o no- vuelve a colocar a la persona en el centro de SU realidad.  Una realidad que ignora a 1,500 millones de personas que viven con un dólar o menos al día y, cuyo 70% lo componen mujeres.

¿Para qué es útil la verdad? Considero que el conocimiento no solo tendrá que ser un elemento creador o destructor dirigido por el mero pragmatismo económico, político o científico. La ciencia y el conocimiento han hecho mucho por el bienestar de la raza humana pero pueden hacer aún más. En el caso de Latinoamérica, donde la pobreza y la marginación coexisten con gobiernos democráticos es urgente la incorporación del triángulo Gobierno-Ciencia/Tecnología-Bienestar.

Erróneamente se ha pensado  (¿o se nos ha manipulado a pensar?) que invertir mucho en democracia instrumental, es decir, que tener una democracia electoral cara y sofisticados sistemas de representación resolverán la pobreza y la marginación. Eso es un error como lo demuestran los índices de desarrollo humano y los informes del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo).

Si en las  democracias el poder reside en el pueblo. Y el conocimiento es poder. Es urgente entonces masificar el pensamiento científico. Acercar la ciencia y la tecnología a la gente dará mejores herramientas para atender los problemas de la mentira y la manipulación de la vida diaria que van desde un líder religioso, desde una televisión egoísta, desde un producto sobrevalorado hasta un candidato frívolo o un gobierno irresponsable.

Tengo la convicción que volver cotidiano el pensamiento científico a la población, como una herramienta de vida, necesariamente contribuirá a la construcción de una ciudadanía con una mayor identidad colectiva y más consciente de las consecuencias de los propios actos y omisiones.

Desconozco en qué medida lo anterior podrá traducirse en una ciudadanía más responsable, más participativa, más transparente o menos corrupta. Sin embargo, el conocimiento, limitado o gradual, del por qué de las cosas, que proporciona el pensamiento científico  aunado a un marco ético basado en derechos humanos y con perspectiva de género, me parece que tienen el enorme potencial para equilibrar la carga de prejuicios, los estereotipos, las fobias y el egoísmo que tanto han lastimado a la especie humana como a la propia naturaleza y todo lo que la compone.

El estudio de estas interacciones probablemente sea un campo fértil a explorar.

Por Luisa Rebeca Garza López

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