En la eterna espera


Las 43 personas asesinadas/desaparecidas en Ayotzinapa, los cientos de muertas en Juárez y en el Estado de México, las mujeres que han fallecido por violencia ginecobstetricia en Oaxaca y Chiapas, las y los periodistas asesinados en Veracruz y Puebla, las miles de personas desaparecidas en Sinaloa, en Nuevo León, en Tamaulipas… forman parte de una larga lista de crímenes impunes que abren más la herida que sigue sangrando y pudriendo a nuestro país desde sus entrañas.

Son tantos los cuerpos que se acumulan -con nombre o sin nombre- que no alcanzarían los memoriales y no ha habido día ni noche en que un padre, una madre, una hermana, un hermano, un hijo o una hija lloren y clamen con dolor, con amargura, con tristeza y desesperación, por ese cuerpo, por justicia, por la paz perdida, por la dignidad humana.

Las muertas y los muertos no solo están en las fosas esperando ser encontrados, recorren las carreteras en grandes camionetas con metralleta en mano, ocupan indiferentes oficinas públicas, asisten a eventos públicos ajenos a las súplicas de ayuda, cenan alrededor de la televisión inmunes a la tragedia que crece cada día. Somos las muertas y los muertos en la eterna espera.

Rebeca Garza

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…yo voy muerto, por la luz
agria de las calles
(J.R. Jiménez)

ES DÍA DE DIFUNTOS, exequias de noviembre,
me anudo la corbata y asisto al funeral
del hombre sumergido en tumbas de ladrillos,
del hombre sepultado que asiste a la agonía.

Cuerpos a la deriva por pasillos de insomnio
he visto esta mañana, por las dunas de asfalto
y jardines de hierro; ataúdes de carne
en esquinas heladas. Muertos en las aceras,
todavía calientes, respirando lo hueco.
Muertos en los negocios que producen el oro
que requiere Caronte.

Hoy he visto rebaños
de difuntos al paso que les marca el entierro,
sin dolor ni recelo; el espanto es de vivos
y los muertos no sienten, sólo habitan la nada.

Es día de difuntos, día exangüe de niebla,
cementerio de vivos, columbario de ideas,
es un día cualquiera, como tantos, vacío,
sólo lleno de muertos, sólo lleno de muertos.

Muertos, trenes de muertos disidentes de vida,
empañados del vaho que les ciega el cerebro.

¿La esperanza está viva? Quién nos pone los trenes
sin cabinas ni vías, sin ventanas al viento.

Oh, necrópolis vanas, apestáis al vacío
de las tumbas sin cuerpos. Quién nos pone los trenes…
Olvidad la esperanza, que también dios ha muerto.

De Juan José Vélez Otero

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