El papel de las personas instructoras en el proceso de enseñanza-aprendizaje de las personas adultas.


El proceso de enseñanza-aprendizaje de las personas adultas requiere de habilidades instruccionales específicas y diferentes al de la población infantil dada las características de cada persona adulta y sus motivaciones con la finalidad de identificar los requerimientos y desafíos para así elaborar un estilo de aprendizaje adecuado y exitoso.

Tan específica es esta disciplina que se ocupa del aprendizaje y la educación de la persona adulta que tiene el nombre de andragogía (Calivá, 2009).

Flood (Sin año), señala que hay que considerar las características de la persona adulta como sujeto de aprendizaje como su bagaje de experiencia laboral, la vida personal, su trayecto en la educación formal así como su situación de vida en la construcción del entorno del aprendizaje.

Este tipo de aprendizaje es abierto en tanto que la persona define sus propios objetivos, tiene libertad para organizar su currículo, distribuir su tiempo y ritmos de aprendizaje así como determinar las fuentes de saber; pero, también es un aprendizaje permanente  puesto que se aprende para hacer frente a las situaciones de un mundo en constante cambio (García, 1988).

Por lo tanto, las personas instructoras deben poseer las competencias para identificar las motivaciones que serán fuente del aprendizaje, los requerimientos dentro de este proceso, los diferentes estilos de aprendizaje a usar, el papel del entorno virtual como medio de enseñanza así como las dificultades y desafíos a los que se puede enfrentar.

Las motivaciones a considerar serán desde la forma en cómo se enriquece la personalidad del adulto o adulta ya sea por la resolución de un problema, porque la actividad de aprendizaje le produce placer, porque mejora su desempeño laboral o porque le brinda herramientas para seguir desarrollándose profesionalmente (Flood, sin año).

Sobre este tema, hay que considerar la importancia del cerebro límbico como responsable de la construcción de los lazos sociales a partir del conocimiento de la inteligencia emocional así como la fase en la que se encuentra la persona adulta, es decir, si es temprana de 18 a 30 años, media de 30 a 55 años o tardía de más de 55 años (Calivá, 2009).

Dentro de los requerimientos del proceso de aprendizaje, la persona facilitadora debe saber fomentar la participación de la persona adulta para que sea capaz de compartir sus experiencias y conocimientos previos, para que conozca rápidamente la utilidad del aprendizaje, para que reconozca el alto compromiso del personal docente y que requerirá una interacción constante con ellos (Flood, sin año).

A partir de lo anterior, la persona facilitadora tiene que identificar de una gran variedad de estilos aprendizajes el más adecuado para alcanzar sus objetivos, como los siguientes (García, 1988): el serialista o partista donde el aprendizaje es paso a paso, las hipótesis son estrechas y sencillas, y los estudios secuenciales o lineales; o bien, el holista o totalista donde las hipótesis son complejas y en donde se examina cada tema desde diferentes ángulos. A su vez, el estilo holista o totalista puede ser antirredundante en caso de que emplee analogías apropiadas y correctas en sus explicaciones o redundante u holista extremo si hace uso amplio de analogías pero no son muy acertadas o son ficticias.

El estilo de aprendizaje también puede ser definido a partir de la estrategia misma, es decir, si es asociativa, de elaboración o de organización. En cambio, si es a partir de cómo se encara la tarea puede ser superficial, profundo o estratégico (Flood, sin año).

También, el estilo de aprendizaje puede ser a partir del tipo de alumnado que se tenga. García en 1988 identifica a un perfil que denomina sylbs si se apega al programa de estudio o  sylfs sino se apega. En cambio, Calivá en 2009 identifica a la persona alumna por el canal de entrada del aprendizaje, es decir, visual si aprende observando, auditivo si aprende escuchando o kinestésico si aprende haciendo.

Dado el contexto de vida familiar y laboral de las personas adultas, la persona instructora debe considerar y dominar los entornos virtuales donde el alumnado dialoga más con la realidad que con la persona docente y es justamente esta realidad la que proporciona presencialidad y los mismos problemas, da sentido a los saberes, valida las experiencias y se convierte en campo de experimentación y comprobación de capacidad de modificación (García, 1988).

Por lo tanto, adicional a los materiales y recursos tecnológicos, la persona instructora debe considerar los siguientes criterios en la formación de entornos virtuales: fomentar el desarrollo de conciencia de conocimientos del alumnado; la construcción de conocimientos y tareas dentro de un contexto significativo; la diversidad de canales de entrada para hacer una construcción fluida; fomentar el trabajo colaborativo; y, por supuesto, estar consciente de su nuevo rol adaptando al contexto de aprendizaje los materiales de tal forma que formen parte del entorno del alumnado (Flood, sin año).

Finalmente, queda claro que trabajar los procesos de enseñanza-aprendizaje con las personas adultas implica toda una seria de retos y desafíos que no suelen presentarse en la población infantil y que, dado los vertiginosos tiempos actuales, hay que tener siempre en mente.

Algunos de estos desafíos en el alumnado a considerar son: expectativas bajas o poca curiosidad; capacidades cognoscitivas disminuidas;  carencias, deficiencias o inseguridades en técnicas de trabajo intelectual;  temor a que los conocimientos sirvan poco en su vida profesional; y, cansancio o escasez de tiempo por el trabajo (García, 1988).

Estos desafíos tienen que ser compensados por parte de la persona instructora con un fuerte acompañamiento en la familiarización del entorno; con una comunicación ágil y estable; con seguimiento al acceso y participación de las actividades especialmente en los entornos virtuales; y, en la resolución de dudas e inquietudes desde el inicio del curso (Flood, sin año).

Las necesidades de aprendizaje permanente para resolver los problemas de la vida en un entorno altamente competitivo, en constante cambio y sobresaturado de información dada las nuevas tecnologías de información requieren de instructoras e instructores no solo capaces de construir contenidos didácticos o que estén familiarizados con las plataformas tecnológicas sino también requiere conocer más y mejor las características y aspiraciones de su alumnado, de una forma holística e integral, para construirse como una persona acompañante y facilitadora de procesos valiosos de enseñanza-aprendizaje para la vida.

Luisa Rebeca Garza López

REFERENCIAS

 

Calivá, Juan (2009). Manual de capacitación para facilitadores [Versión Digital PDF]. Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura

Flood, Cecilia (Sin año).  El adulto como sujeto de aprendizaje en entornos virtuales. FLACSO Argentina.

García Aretio, Lorenzo (1988). El aprender adulto y a distancia. Publicado en Educadores, No. 145, Ene-Mar, 19pp.

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