Herculine Barbin o la Historia de la construcción social del sexo


“(…) Vosotros lo habéis dicho, mi lugar no está dentro de vuestra angosta esfera. A vosotros, la tierra; a mí, el espacio sin límites. Encadenados aquí abajo por las mil ataduras de vuestros sentidos groseros y materiales, vuestros espíritus no se sumergen en este Océano límpido del infinito, donde bebe mi alma, un día errante por vuestras playas áridas” (Herculine Barbin)

La historia de Herculine Barbin me ha conmovido profundamente no sólo por la identificación personal con una alguien que se “siente” diferente pero lo calla, que ama de una forma silenciosa porque sabe que ese amor no es reconocido como válido ni posible, con un cuerpo que procura ocultar bajo las ropas porque no lo reconoce en el cuerpo de las otras mujeres puesto que las diferencias físicas son notorias (vello facial, ausencia de senos, poca distribución de grasa corporal, cadera estrecha, por ejemplo) y que, considero, puso en evidencia (mucho antes que los cuerpos transexuales) al discurso de “verdad” sobre el sexo, sobre el carácter artificioso y normativo de la sexualidad así como la relación de la política a través de las cinco áreas en las que se construye la vida erótica que menciona Weeks: el parentesco y los sistemas familiares, la organización social y económica, la reglamentación social, las intervenciones políticas y el desarrollo de culturas de resistencia.

La construcción del sexo de Herculine sucede dos veces en su vida a partir de la interpelación de dos actos (¿performativos?) de autoridad donde los discursos juegan un papel muy importante: el 8 de noviembre de 1838 cuando su padre Jean Barbin presenta a un bebé que ha nacido la noche anterior como un “niño de sexo femenino” y, después, el 21 de junio de 1860 cuando tenía 22 años y el tribunal civil ordena que se realice una notación marginal en el acta de nacimiento de Herculine para “rectificar” el error y lo interpela como niño de sexo masculino y de nombre Abel que a partir de ese día “sustituye” a Aélaide Hercuine.

Como en todos los seres humanos, la construcción del sexo de Herculine inicia desde su nacimiento. Herculine no refiere para nada a su padre en sus memorias. Y parece mantener una relación estrecha con su madre. Sin embargo, omite hablar de la percepción de la opinión de la madre sobre el cuerpo de Herculine que, seguramente, está enterada de que el cuerpo de su hija no es “normal” y me hace pensar que pudieron ser una de las razones importantes para que le insistiera que estudiara para institutriz (a pesar que la misma Herculine no le agradaba la idea) ya que no sólo el ambiente religioso la alejaría de un contexto de sexualidad heterosexual que develaría ese “secreto” sino que las prácticas ascéticas pudieran servir como dispositivos para mantener oculto ese “cuerpo extraño”. Asimismo, la función de institutriz le permitiría poder insertarse en un rol social productivo que limitaría la posibilidad de un matrimonio para asegurar su supervivencia y su legitimidad como mujer decente.

Entonces, Herculine crece y socializa en un ambiente sumamente religioso y rodeado de mujeres. El aspecto religioso me parece importante porque creo que juega un papel imprescindible en cómo va construyendo su sexualidad. El trato cotidiano e íntimo con mujeres está normalizado. No hay sanción social porque dos mujeres pasen el tiempo juntas ni porque una acicale a otra constantemente. La amistad íntima femenina es socialmente aceptada, incluso el dormir juntas en la cama. En este contexto, Herculine reconoce deseos hacia otras mujeres. Sin embargo, en sus memorias no manifiesta sentimientos de culpa porque, creo, la Iglesia sancionaba la sodomía como una práctica deleznable entre hombres pero ¿el amor entre dos mujeres? No existe sanción social tan fuerte porque ni siquiera se ha acuñado la palabra homosexual o lesbiana que patologízaría la atracción erótico-afectiva entre personas del mismo sexo, irónicamente a partir de la  misma década que muere Herculine.

Herculine sueña posibilidades de concretar el amor que siente hacia Sarah pero las ideas de matrimonio o de formar una pareja ante la sociedad son ininteligibles. No existen. Entonces, resulta interesante cómo construye y expresa su deseo sexual[1]. Su discurso hace ver su deseo hacia Sarah como una devoción etérea donde halla placer en estar tomadas de la mano largas horas mientras cuidan a las alumnas, en acariciarle el pelo, en desvestirla con fervor y celo antes de dormir y buscarse mutuamente para, subrepticiamente, pasar las noches juntas. ¿Solamente duermen? ¿Exploran sus cuerpos? Nunca lo menciona Herculine y creo que lo hace tanto por pudor religioso como por proteger la integridad de Sarah, quien a la postre se casaría y, dice Herculine, también se olvidaría de ella.

¿Qué hubiera pasado si Herculine se hubiese sentido atraída erótica  y afectivamente hacia los hombres? ¿hubiera sido ser “descubierta” por un hombre en el acto sexual? ¿La convivencia cotidiana con mujeres y sus características tanto masculinas como femeninas influyeron no sólo  en que sintiera atracción hacia otras mujeres sino que otras mujeres se sintieran atraídas hacia ella precisamente por ser diferente?

Herculine y Sarah saben que sus deseos derivarían un conflicto social si fuese descubierto. La reglamentación social hace ver sus dispositivos de control en la autocensura de sus muestras de cariño y en la simulación de sus afectos. Incluso, llama la atención la resistencia de Herculine de ser revisada por un médico a pesar de sus fuertes dolores abdominales y la insistencia de su amada Sarah. ¿Ya había sido aleccionada por su madre que evitara contacto con los médicos? ¿Acaso su madre la condicionó a guardar celosamente su desnudez? ¿Ella misma intuía que sus diferencias físicas pudieran ser sancionadas?

Pienso que la reglamentación social que reguló la sexualidad de Herculine incluyen a su madre, a su confesor que le sugiere que huya (otra acción de exclusión hacia ese cuerpo abyecto pero de una autoridad eclesiástica) y la madre de Sarah que  si bien no alentó la relación fue permisiva con la conducta de ambas incluso cuando los médicos le hablaron de su supuesto hermafroditismo. Estas tensiones y distensiones sociales, creo, generaron los pequeños espacios donde Herculine pudo ser feliz, como ella misma lo manifiesta. Amó y fue amada por quien considera fue el amor de su vida. ¿Cuántas personas pueden contar una historia de amor tan tierna e idílica?

El conflicto social se vuelve mucho más evidente cuando ante los insoportables dolores abdominales, Herculine es revisada por un primer médico quien asombrado le cuenta a la madre de Sarah, protectora de Herculine, sobre su naturaleza “hermafrodita”. Es aquí donde me resaltaría el inicio de lo que sería una fuerte intervención política de las diferentes autoridades encargadas de normalizarnos. El diagnóstico no le es compartido a Herculine. Y no solo eso, solicita que sea alejada de las otras mujeres. En ese momento, Herculine pasó en dos años de ser una mujer “de buena vida y costumbres y digna por su moralidad de dedicarse a la enseñanza” (como consta en su certificado de instrucción primaria de 1856) a una persona que no solo faltaba a la moral sino a la ley por el hecho de vivir, trabajar y estudiar con mujeres. Nuevamente la acción de exclusión como dispositivo de poder pero al mismo tiempo la transformación de su cuerpo a través de las palabras: de doncella a algo innombrable.

La segunda revisión médica la empieza a interpelar como hombre. Esta revisión a detalle  me parece una especie de performance porque es una autoridad que se desenvuelve bajo un procedimiento donde revisa su cuerpo detenidamente y hace preguntas para dar un diagnóstico. Estas preguntas incluyen identificar sus deseos hacia otras mujeres. Al final, dice a la madre de Herculine lo que me parece sería el “misterio del ministerio”: “Habéis perdido a vuestra hija, es verdad, pero recobráis a un hijo que no esperabais”. ¿Qué tanto de las respuestas de Herculine fueron proporcionadas para construir retroactivamente la idea de que su sexo siempre fue de hombre? ¿Qué hubiese sucedido si Herculine hubiera manifestado su deseo erótico hacia otros hombres? ¿El médico le hubiera negado la identidad masculina? En este ejemplo, ¿el medico hubiera optado por un discurso que construyera como enfermedad o perversión el sexo de Herculine?

 

“Saber y poder son dos verbos que se encuentran indisolublemente unidos: el poder está en el saber, pero también el conocimiento tiene efectos de poder” (Antonio Serrano)

 

Y es justo en esta etapa donde me parece clara la intervención política por normalizar a Herculine, por reconstruir su sexo y su identidad para legitimar un sistema binario de sexo infalible. Se inicia, ahora exitosamente, la acción de exclusión respaldada no sólo por la verdad de la ciencia médica sino por la jurídica.

En estos alegatos médicos y jurídicos encuentro coincidencias con el caso de David Reimer que estudiamos la semana pasada. Su cuerpo se vuelve objeto de análisis y debates tanto para la ciencia como para ley. Es una falla en el sistema que tiene que ser corregida y/o eliminada. Se le empieza a despojar de su humanidad como persona, de su dignidad y se vuelve ininteligible ante la sociedad. Su pasado se cuestiona, se vuelve sensacionalista y se borra su brillante carrera como institutriz que había alcanzado el primer lugar de puntaje en su generación.

Herculine se convirtió en un objeto de conocimiento en los informes médicos, cuando es incluida en los Anales de la medicina legal (la llamada logofilia de nuestra cultura occidental, dice Serrano) con la finalidad de evitar le repetición de “estos errores” y en este sentido pareciera que estos conocimientos se convierten en dispositivos de poder que se fortalece a sí mismo.

Los informes médicos, la autopsia y los estudios posteriores además de objetivar el cuerpo y la vida de Herculine construyen el discurso oficial de una incorrecta asignación del sexo dado por la naturaleza y son los propios informes médicos, confundidos e incrédulos, los que se contradicen para reconstruir el sexo masculino de Herculine mediante una ficción que yace en los informes médicos investidos de autoridad científica cuando dicen que Herculine tiene un “pene prominente” (a partir de una longitud de 5 cm) aunque este pene no cuenta con orificio uretral ni un glande que lo recubra.  La dificultad de la construcción  de la verdad del sexo de Herculine se hace evidente cuando dicen que puede tener coito como hombre y como mujer, cuando se refieren que tiene “verga” pero también “vulva” y “vagina”. Cuando dicen en un primer informe que no produce espermatozoides y en la autopsia señala que es posible que pudiera haber producido en ciertas circunstancias.

El discurso de verdad de la ciencia médica sobre el cuerpo de Herculine se respalda a través de la ficción que engrosa los documentos médicos en donde los doctores determinan qué es importante y qué no del cuerpo de Herculine para definir su sexo, incluso deciden de forma arbitraria que lo que antes era un clítoris ahora es una “verga” a pesar que fisiológicamente es ambas y ninguna a la vez. Su cuerpo pone en jaque a la ciencia médica. Creo que es el propio discurso de Herculine lo que da peso a la decisión médica de que es hombre, y no mujer porque ¿de qué otra manera se justificaría su deseo por las mujeres? ¿su supuesta incapacidad para las manualidades? ¿su falta de gracia en los movimientos? ¿su brillante inteligencia y logros académicos? No lo dice claramente pero en su sus memorias, desliza estas experiencias y hechos para, desde mi punto de vista, legitimar su identidad masculina y, como dice Butler, generar la ilusión retroactiva que siempre fue hombre que tiene que ser reconocido.

El segundo acto, me parece sucede en la repetición de otro performance. La rectificación del acta de nacimiento de Herculine. No se expide otra nueva. Se pone una notación marginal que dice que a partir del 21 de junio de 1860 será Abel Barbin. Respaldado y validado por la verdad médica, el Estado accede a corregir 22 años después un error con la repetición, ahora exitosa, del acto fallido.

A diferencia de los discursos de verdad que se construirían alrededor de las personas transexuales cien años después en donde la ciencia médica no sólo crea un protocolo para confirmar mediante el discurso la identidad de género de la “paciente” y que además exigirían la modificación hormonal y corporal para que el Estado pudiera reconocer el nuevo sexo (o el sexo original como se quiera abordar), la rectificación sexo-genérica de Herculine no pasa por ninguno de estos requisitos. En este sentido, me parece que se adelanta a los recientes movimientos transfeministas que exigen la rectificación sexo-genérica de las personas trans a partir del propio discurso (la  identidad de género auto percibida).

“¡Yo, educado hasta los veintiún años en casas religiosas, en medio de tímidas compañeras, iba, como Aquiles, a dejar tras de mí todo un pasado delicioso para entrar en lid únicamente armado de mi debilidad y de mi profunda inexperiencia de los hombres y las cosas!” (Abel/Herculine Barbin)

La “deformidad” de Herculine deviene en “la operación intelectual y práctica de exclusión para mantener su identidad y, al mismo tiempo, establecer la diferencia”[2], primero por el confesor, luego por la ciencia médica y al final por las instituciones jurídicas.

Herculine/Abel, como supuesta persona infértil, además rompe con las “relaciones sociales que determinan las formas de competencia de la explotación”. Es decir, es un hombre que parece que no puede cumplir con el mandato de la reproducción.

A pesar que las instituciones que tienen el poder de “normalizar” el cuerpo de Herculine con el objeto de legitimar el discurso binario entre los sexos dictan sentencia en sus informes médicos-legales cuando  informan sobre la aptitud para el matrimonio y la reproducción (fin último de este sistema heteronormativo, dice Butler), y ante la duda asumen que no es posible, vuelven su cuerpo ininteligible, sin lugar, sin nombre, sin futuro mi esperanza.

Lo más atroz, es que en la obsesión normalizadora, Abel es expulsado al mundo sin haber sido socializado como hombre. Su sexo fue cambiado en su acta de nacimiento. Pero me parece que su performance masculino no fue tan exitoso como el femenino. Como mujer era amada, cuidada y  protegida por su madre, su confesor, su trabajo, sus compañeras y vivió el deseo de amar y sentirme amada. Como hombre no recibió educación acorde a ese rol, a los 22 años su experiencia laboral era de institutriz y ahora se veía obligado a buscar trabajos hasta en barcos. Sabía moverse en el mundo de las doncellas pero no en el de los caballeros.

El discurso de verdad hacia el cuerpo se Herculine para convertirlo en Abel fue insuficiente y poco exitoso para brindarle inclusión social y bienestar personal. Me parece que en realidad fueron dispositivos para borrar la existencia de una vida que hace evidente la falla de este sistema que construye cuerpos sexuados donde la familia y la organización social, política y económica legitiman y justifican esta exclusión bajo un discurso normalizador.

Para las instituciones médicas y jurídicas no es posible que el sexo se construya (ni que ellas participan en esta construcción) sino que es un error humano producto de una “anomalía” de la naturaleza que puede/debe ser corregido médicamente si es posible (con cirugía), jurídicamente (mediante la corrección del acta de nacimiento) y socialmente (mediante la reasignación de la identidad de género y por ende los roles y expectativas sociales).

Por otra parte, me parece importante destacar el papel que juegan las memorias de Herculine[3] para reconstruir su vida y legitimar su identidad sexual más allá del binario de género, aunque no sea la intención original.

Las memorias publicadas de Herculine omiten sus características físicas así como sus sensaciones sexuales. En cambio, se  vuelca en anhelos y deseos de adoración y de amor hacia Sarah.

También me parece que son un ejercicio para “naturalizar” su identidad masculina y alinearse a las interpelaciones médicas y jurídicas.

En diversas partes hace algunas referencias a lo que pudiera construir el discurso de una esencia masculina en su sexualidad como cuando señala que a las personas les llamaba la atención cómo tomaba el paraguas (haciendo referencia a que lo hacía de forma masculina), que no le emocionaba la idea de ser institutriz, que a pesar de ese desgano era una apasionada lectora y reflexiva que sacó las mejores notas de su generación, que no tenía habilidades para las manualidades y además no le gustaban, que sus estudiantes no querían que ella le arreglara el pelo porque nunca tuvo esa habilidad, entre otras anécdotas.

Asimismo, sus memorias construyen una sexualidad de Herculine más mística que terrenal en donde no negaría la influencia de su formación religiosa. Pero también me hace pensar que ese proceso de ser vista y tratada por la sociedad como mujer y luego como hombre, y comprobar las desigualdades de estos tratos a un mismo cuerpo, le hizo intuir lo que cien años más adelante llamaríamos “género”.

Lo anterior lo comento a la luz de mi experiencia como mujer transexual, la experiencia de comprobar como el sexo y el género están vitalmente ligados a las relaciones sociales y cómo estas relaciones sociales son diferentes según el sexo/género que se trate me hizo evidente el artificio de estas asignaciones aunque tampoco, en su momento, sabía cómo nombrarlo, pero lo intuía.

Finalmente, y como última  área de la organización social de la sexualidad me parece que estas memorias sientan las bases de una “cultura de resistencia”. El propio Foucault las retoma para evidenciar los vínculos entre la sexualidad y el poder, pero indudablemente será un caso que por su peculiaridad alimentará las resistencias de los movimientos intersexuales y transexuales.

Es en esta cultura de resistencia donde adquiere importancia repensar los vínculos entre política y sexualidad. La política como dispositivo de poder que nos nombra y construye nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y deseos para normalizarnos también puede ser usada para redignificar y resignificar las otras formas de amar y de expresar la sexualidad así como de (re)apropiar nuestros cuerpos.

Lo veo no sólo con los logros del movimiento feminista sino con los avances de los movimientos de las personas intersexuales que exigen que se detengan las cirugías correctivas a temprana edad, como el reconocimiento a la identidad sexo-génerica de las personas trans sin requerir peritos ni cirugías de por medio, como la creación de conceptos como el “poliamor”, “lo pansexual”, “ciudadanía trans”, etc.

Mi trabajo como parte del INE incluye aportar en la construcción de ciudadanía. Pero he notado que el abordaje se hace desde un punto de vista completamente alejado de la sexualidad. Antes de 2007 el IFE no abordaba la construcción de ciudadanía con perspectiva de género, es decir, considerando que las condiciones para acceder al poder y ejercerlo no son las mismas para hombres ni para mujeres; cuando exigí que el INE tenía que apoyarme en mi proceso de transición en el trabajo porque era parte de mi derecho a la salud (confieso que usé un discurso patologizante pero sabía que sólo así funcionaría) en armonía de mi derecho laboral se dieron cuenta que no contábamos siquiera con reglamentos contra la discriminación ni mucho menos comisiones de género. El movimiento feminista ha apoyado para la agenda de género tenga más presencia dentro del Instituto pero aún sigue habiendo resistencia para el trabajo de la construcción de la ciudadanía de lo que llamamos disidencia sexuales. Cuando estaba en Baja California y decidí asumir mi identidad trans como identidad política empecé a vincularme con colectivos trans a quienes le negaban la credencial de elector porque “no se parecían al sexo que decía la credencial”. No era ninguna disposición normativa. Eran decisiones que asumían quienes estaban tomando la fotografía porque creían que era lo correcto (sanción social).

La política y la sexualidad están más vinculadas de lo que queremos creer. Los vínculos entre la clase política mexicana y las redes de pederastia y el tráfico de personas (niñas, niños y mujeres) para alimentar las fauces del comercio sexual y del crimen organizado me parece que revelan de una forma cruda el papel de la sexualidad como parte de un sistema de explotación económico y de dominio de clase, raza  y género.

Las leyes de paridad están trastocando las raíces de cómo se accede al poder y cómo se distribuye. Actualmente siguen registrando a las esposas, hijas, amantes para cumplir la paridad y se mantiene el control del poder así como los acuerdos políticos entre las élites. El reto de las actuales elecciones ha sido el cumplimiento de la paridad en su modalidad vertical, horizontal y de competitividad.

Y este vínculo entre política y sexualidad también vuelve latente el riesgo de los retrocesos. Me parece que, como dice Foucault, más que ver quién ejerce el poder es cómo se ejerce, me preocupa que pareciera que se está gestando cada vez más movimientos conservadores que buscan posicionar el discurso naturalizador  y esencialista del binario de sexo y del sistema heterosexual. En México se han reunido más personas para marchar contra el matrimonio igualitario que contra las desapariciones y los feminicidios, en Estados Unidos se han aprobado leyes para regular el acceso a los sanitarios a las personas trans así como para negar servicios por cuestiones de libertad religiosa, entre otros graves sucesos. Es decir, creo que la organización social de la sexualidad siempre estaré en una tensión constante.

Luisa Rebeca Garza López

[1] Sin embargo, creo que no hay que perder de vista que también la vida de Herculine a la que accedemos es un discurso de ella pero en la época en la que es designada Abel, donde creo detectar experiencias que pudieran construir retroactivamente la idea de que naturalizaba ciertos comportamientos, como su deseo “heterosexual”  hacia otras mujeres. Este discurso en sus memorias que naturaliza su sexo masculino, que normaliza su orientación sexual también protege a la institución de mujeres donde estudió.

[2] Antonio Serrano

[3] Comento que he decidido referirme como Herculine porque en sus propias memorias menciona que fue la época más feliz de su vida.

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