Sobre los dilemas contemporáneos de la identidad referidos al sexo y el género en la infancia.


Como lo señala Alcántara (2012), los discursos acerca de la verdad del sexo que surgieron hace 50 años de los trabajos de Stoller y Money siguen influyendo en gran parte de la praxis médica con la que se aborda la asignación sexual para las personas intersex como la reasignación sexual para las personas trans* e intersex.

Esta praxis médica considera que la “definición” de genitales externos acordes a las ideas de lo masculino o lo femenino, que se complementan al mismo tiempo que son opuestos, no sólo rechazan cualquier morfología que pudiera ser interpretada como ambigua sino que también considera que la ausencia de este dimorfismo genital derivará en la presencia de problemáticas con respecto al proceso futuro de constitución identitaria y sexual de la persona.

Alcántara (2012) señala claramente como el proceso de declarar el sexo ubica a la persona que nace dentro de un orden socialmente pre-establecido (en clave binaria de género) a partir del mito de la heterosexualidad que deviene en la promesa de la procreación. Este mito de la heterosexalidad es reiteradamente develado en las diferentes historias de dolor que Laura Inter comparte en el Blog Brújula Intersexual. Es el mito de la heterosexualidad y la promesa de la procreación el anzuelo que usa el discurso médico para manipular las ansias de “normalidad” con la que las madres y los padres esperan a su hijo o hija en donde se repiten los argumentos relacionados a justificar operaciones a bebés intersex con días o semanas de haber nacido bajo el argumento de que “asegurar que tengan relaciones placenteras con sus parejas” o “no ser rechazadas o rechazados por tener genitales ‘anormalmente’ grandes o pequeños”.

Ese discurso médico que interpela como “anormal” el cuerpo de un bebé intersex lo que le ubica subjetivamente en el espectro opuesto a la belleza y, por lo tanto, a lo deseable. Un cuerpo “hermafrodita” no será deseable ante la mirada heterosexual ni mucho menos podrá cumplir la máxima promesa que da significado a las historias humanas dentro de este sistema sexo/género: la capacidad de procrear.

¿Qué padre o madre querrá negarle a su hijo o hija dichas promesas? Y es esa  falsa promesa que por 50 años ha repetido reiteradamente la ciencia médica para convencer a madres y padres de hijxs intersex apesumbradxs a pasar por un protocolo de cirugías invasivas -cuyo éxito no se ha demostrado- por no poder concluir con un acto que se enseña natural e importante en el nacimiento de un ser vivo: la asignación de un sexo para poder asignar también el nombre.

Apenas hace 20 años que las propias personas intersex empezaron a cuestionar y confrontar los protocolos médicos que han originado incontables cirugías de reasignación genital a bebés intersex y que les han significado padecer diversos tipos de tortura médica desde la invasión a su privacidad desde la infancia, la anulación de su capacidad de autodeterminación al no decidir las intervenciones quirúrgicas que sus cuerpos han recibido, las reiteradas infecciones y secuelas físicas productos de múltiples cirugías desde la infancia que a la postre dañaron la capacidad sensorial de los genitales, la implantación desde la infancia que su cuerpo no es bello, no es normal o no es deseable con los consecuentes conflictos psicoemocionales, entre otros.

Si bien, existen logros importantes como el reconocimiento como tortura a la práctica médica invasiva hacia los cuerpos intersex por parte de organismos internacionales de derechos humanos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, aún el discurso hegemónico dominante es aquél que busca ajustar a  los cuerpos sexuados a una norma binaria.

Si bien  existen avances, en pocos países (como Argentina) o lugares (como la Ciudad de México) que regulan el derecho a la identidad de género el discurso a favor de los derechos trans* no ha hecho eco de las demandas de las personas intersex ni ha hecho alianza con los grupos locales o nacionales para generar una mayor masa crítica que permita que las niñez trans* e intersex encuentren vidas habitables sin la injerencia social hacia la genitalidad que deban o no deban poseer ciertas identidades sexo-genéricas.

Especialmente en el movimiento trans* mexicano me parece que es más frecuente encontrar discursos que amplían la subjetividad con la que se construyen las identidades femeninas y masculinas de tal forma que cada vez es más frecuente encontrar juventudes trans* que se interpelan a sí mismxs como hombres con vagina (como Marck Pappas) o mujeres con penes lesbianas (como Ophelia Pastrana que aunque es colombiana, radica en México y tiene una fuerte influencia en las personas milennials trans*) que puedan ampliar las historias de referencias para ampliar la geografía social donde encontrar espacio.

Creo que, especialmente, esta parte del reciente discurso trans* puede encontrar coincidencias con el movimiento intersex en cuanto a la revindicación que la belleza habita en lxs otrxs cuerpos que no se ajustan a un estereotipo de masculinidad o feminidad.

Uno de los dilemas que identifico es la aún fuerte presencia de un discurso identitario transexual originado del discurso medicalizante y que esencializa la identidad trans* ya sea a nivel hormonal, getérico o cerebral. Este discurso tiende a legitimar las tecnologías corporales que alinean  los cuerpos al dimorfismo sexual perpetuando las fronteras que dan consistencia a las, desde mi punto de vista caducas, identidades transexuales, transgénero y travesti.

Creo que este tipo discurso permea en gran parte del colectivo LGBT que impide apropiarse de la “I”, de la agenda y demandas políticas intersex, al reducir la experiencia intersex a una relación médico-paciente. Por ejemplo, existen aún personas trans* que se ofenden cuando se denuncian las cirugías de reasignación genital a bebés intersex como mutilantes porque asumen erróneamente que dicho adjetivo procedería para las cirugías de reasignación que se realizan para las personas trans* omitiendo reflexionar que aunque parezca el mismo procedimiento quirúrgico siguen siendo dos procedimientos diferentes por un factor importante: la capacidad de autodeterminación de la persona.

Mientras a la personas trans* (y el resto del colectivo LGB) no nos quede claro que las cirugías de reasignación genital hacia bebés, infantes o adolescentes intersex son invasivas en tanto que generalmente no participan de las decisiones, son engañadas y engañados a que serán sometidos a otros tipos de cirugía (como quitar una hernia) cuando en realidad serán intervenidos genitalmente, y además se les obliga a mentir y callar sobre dichas cirugías difícilmente entenderemos que dichos actos son agresiones, son mutilaciones y que atentan gravemente contra su dignidad.

Considero que el colectivo intersex aún puede ser un importante aliado para el grupo LGBTTT más aún hoy en día cuando en diferentes países de Hispanoamérica surgen voces que luchan por algo que llaman la “familia natural”. Los grupos conservadores que buscan legitimar sus exigencias en un supuesto orden natural ha encontrado un distractor falso  llamado “ideología de género” para rechazar los avances legales a favor de los derechos de las personas gays, lesbianas y trans*. La fuerza que pueda tomar este discurso que perpetúa el mito heterosexual y la promesa de la procreación en tanto se filtre en las autoridades políticas y médicas será pernicioso no solo para detener avances ya logrados a favor del matrimonio igualitario o la identidad de género sino para detener las cirugías a bebxs intersex y solicitar que se asigne un sexo con la posibilidad que la persona intersex lo reafirme o decida adoptar otro posteriormente.

Al respecto, sobre la propuesta de un tercer espacio en donde puedan encontrar geografías identitarias tanto las personas intersex o las personas trans* creo que la idea puede ser valiosa para desmontar el orden social con que se configura el binario de género siempre y cuando sea una auto-adscripción en el libre ejercicio de la capacidad de autodeterminación de la persona, y no la asignación externa de una autoridad médica o legal porque es ahí donde surgiría principalmente el contexto de discriminación y violencia. Es decir, en la medida que sea una auto-adscripción ese tercer espacio en el orden social también tendría una fuerte carga política para ampliar el abanico de vida habitables.

 

 

Alcántara, Eva (2012). Identidad sexual / rol de género. Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco.

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