@jessica_hg @Congreso63Oax Ponencia sobre matrimonio igualitario de Lic. Jessica Jazibe Hernandez


Comparto la ponencia realizada por Lic. Jessica Jazibe Hernandez en el Foro "Matrimonio igualitario e identidad de género" realizado el 8 de agosto de 2017 en el H. Congreso del Estado Libre y Soberano de Oaxaca:

Integrantes de la Comisión de Administración de Justicia de la Cámara de Diputados del estado de Oaxaca,
Diputados y Diputadas,
Representantes de los medios de comunicación,
Ciudadanas y ciudadanos
 
 
Buenos días a todos y todas:
 
 
Agradezco la invitación de la Diputada Hilda Graciela Pérez Luis, Presidenta de la Comisión, así como la gestión de su equipo de trabajo para hacer realidad este Foro.
 
Y sin mayor preámbulo me gustaría dar inicio, después de escuchar las valiosas aportaciones de las y los ponentes que me antecedieron, para lo cual, retomaré algunos antecedentes; me situaré en el año de 1857, año en que se promulgó la Constitución, de corte liberal en nuestro país, a diferencia de la que le antecedió en 1824, (que impuso la religión católica como oficial y conservó los fueros militar y eclesiástico).
 
La Ley Fundamental de 1857 fue de avanzada, al incluir la separación iglesia-estado, la prohibición de la esclavitud, la pena de muerte y la tortura, además la educación laica, razones por lo que esta Constitución encontró una fuerte oposición en los conservadores, como ustedes puedes ver, algo similar a lo que ocurre actualmente en el tema de Matrimonio Igualitario, Adopción, Reconocimiento de la Identidad de Género e Interrupción Legal del Embarazo.
 
Posteriormente, en el año de 1859, se promulga la Ley del Matrimonio Civil (como parte de las Leyes de Reforma), instituyendo el matrimonio como un contrato civil indisoluble que solo podía disolverse por un medio natural, es decir, por la muerte de uno de los cónyuges, por cierto aquí tenemos nuevamente otro término utilizado por aquellas personas conservadoras en contra del Matrimonio Igualitario, que hacen referencia a la cuestión natural.
 
De estos dos antecedentes jurídicos, tanto la Constitución de 1857 como la Ley del Matrimonio Civil de 1859, se desprenden dos aspectos sumamente importantes, primero, que el catolicismo no fuera reconocida constitucionalmente como la religión oficial y, segundo, la regulación civil del Matrimonio.
 
¿A qué me refiero con estos dos puntos? Que para tratar el tema de Matrimonio Igualitario debemos separar cualquier perspectiva o creencia religiosa, católica o no, del tal forma que debemos comprender que se trata de un acto jurídico, solemne e incluso como una institución jurídica, que para su validez no necesita en ningún momento del reconocimiento de religión alguna y mucho menos de una justificación “de la naturaleza” toda vez que el Matrimonio Civilen nuestro país, fue establecido hace Ciento Cincuenta y Ocho años, no desde que aparecieron Eva y Adán, no desde el nacimiento de religión alguna y por supuesto, no se trata de un hecho “Natural”.
 
Si separamos esas dos cuestiones, tendremos un panorama muy claro de que se trata la lucha de las personas que conformamos el Colectivo Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual, Trensgénero, Travesti e Intersexual (LGBTTTI), por el reconocimiento del Matrimonio Igualitario y los derechos que se derivan de este Contrato Civil e iniciaremos con la discusión argumentativa, democrática, liberal  y de derechos humanos que realmente importa para el libre desarrollo de la personalidad y la dignidad de las personas con una orientación y/o identidad sexual diferente a la heterosexual.
Ahora bien, ya entrando en materia, tenemos que el 4 de marzo de 2010, entró en vigor la reforma al Código Civil del Distrito Federal, aprobada por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo y el derecho a la adopción.
 
Un año después, se publica la reforma Constitucional en materia de Derechos Humanos del 10 de junio de 2011, reforma que sin duda no solo reconoció la obligatoriedad de los derechos humanos en el Estado Mexicano, sino que cambió el Sistema Jurídico Mexicano, a través del Principio Pro Persona, la Convencionalidad, el Bloque de Constitucionalidad, así como el Control Concentrado y el Control Difuso de Constitucionalidad.
 
En pocas palabras, el Artículo 1º Constitucional reconoce a todas las personas el goce de los derechos humanos reconocidos en la Ley Fundamental y en los tratados internacionales de los que el Estado Mexicano sea parte, normas que deberán interpretarse favoreciendo en todo momento a las personas, es decir, con la protección más amplia.
 
Pero la redacción de este magnífico precepto no se queda ahí, va más allá al señalar la obligación para todas las autoridades dentro de su ámbito competencial, para “promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos de conformidad con los principios de universalidad, interdependencia, indivisibilidad y progresividad…” y remata con la prohibición de toda discriminación motivada por las preferencias sexuales “o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.”
 
Después de leer parte del contenido del 1º Constitucional e incluso sin realizar un análisis profundo del tema que lamentablemente no da para una intervención de 20 minutos pero si para mencionar que la interpretación conforme debe atender a los derechos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, específicamente en su numeral 16, Convención Americana sobre Derechos Humanos, numerales 1, 2 y 24; Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, numeral 2 y, la Declaración de Naciones Unidas sobre la eliminación de la discriminación contra la mujer, entre otros instrumentos internacionales, queda claro que toda autoridad está obligada a respetar, proteger y garantizar los derechos humanos de las personas, lo cual incluye el derecho a no ser Discriminada, a la Igualdad, a tener un nombre (en el caso del reconocimiento de Identidad Sexual), así como a contraer matrimonio y tener una familia con el goce de todos los derechos, incluyendo la Adopción –que por cierto, en la iniciativa de reforma no se incluye-.  
 
De tal suerte que, las autoridades del estado de Oaxaca están incumpliendo con su mandato constitucional, desde cada una de sus competencias y atribuciones, al no reconocer el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción, con todos los derechos y obligaciones que de estos actos jurídicos se derivan.
 
Del mismo modo, el Poder Legislativo no está protegiendo ni garantizando los derechos fundamentales de las personas LGBTTTI, en virtud de que sus integrantes no ha reformado el Código Civil de la entidad, a pesar de que en junio de 2015, cuatro años después, la Cámara de Diputados reformó la Constitución Local, para armonizarla con la reforma de la Ley Fundamental del año 2011, reconociendo en el Artículo 1º de la Constitución Política del Estado Libre y Soberano de Oaxaca, el goce de los derechos humanos reconocidos en la Constitución Federal, así como el de los tratados internacionales, el Principio Pro Persona y la prohibición de la restricción de los derechos humanos.
 
No puedo dejar de mencionar, la Sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la Acción de Inconstitucionalidad 2/2010, referente a la reforma de los artículos 146 y 391, del Código Civil del Distrito Federal, por el reconocimiento del Matrimonio entre personas del mismo sexo y adopción por familias homoparentales, presentada por el entonces Procurador General de la República, quien defendió el matrimonio tradicional, en donde la Suprema Corte resolvió la validez de dichos preceptos legales.
 
Actualmente, diferentes personalidades como académicos, investigadores, activistas, litigantes, todas y todos ellos han contribuido desde cada una de sus trincheras en la lucha por la conquista de nuestros derechos civiles, mi reconocimiento para Alex Alí Méndez, Geraldina González de la Vega, Estefanía Vela y, especialmente a las y los ministros liberales de la Suprema Corte, a todos ellos Gracias.
 
Finalmente, una mención especial a las y los entonces integrantes de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, quienes en diciembre de 2009, aprobaron la reforma al Código Civil del Distrito Federal, en una demostración de la defensa de los derechos humanos de las personas LGBTTTI, garantizando el Matrimonio entre personas del mismo sexo y adopción por familias homoparentales, sin temor a una condicionante o prohibición de alguna institución religiosa o grupo social y si con la firme convicción de garantizar a todas las personas, el derecho a la No Discriminación, la Igualdad y la Dignidad Humana, reforma gracias a la cual personas con una preferencia o identidad diferente a la heterosexual hemos ejercido nuestro derecho a contraer matrimonio civil y disfrutar de los derechos y también cumplir con nuestras obligaciones, formando una familia homoparental.
 
Hago un llamado para que esta Legislatura Local apruebe la iniciativa que hoy se discute en este foro para el Matrimonio Igualitario incluyendo la adopción por familias homoparentales.
 
Gracias.

Sobre el reconocimiento legal a la identidad de género en Oaxaca (ponencia) en ‪@Congreso63Oax ‬


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Con respecto al debate alrededor al matrimonio igualitario y al derecho a la identidad de género en Oaxaca, considero que éste análisis debe incorporar las otras categorías de opresión que participan en la exclusión social de la población de la diversidad sexual en la entidad como son, por ejemplo, la categoría étnica, las barreras lingüísticas y el nivel socioeconómico.

De acuerdo al INEGI, el 34% de las personas mayores de 5 años hablan una lengua indígena y el 14% no habla español. Por otra parte, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) considera que Oaxaca tiene 62% de la población  viviendo en la pobreza con 3 millones de personas pobres (2 millones en pobreza moderada y 1.3 millones en pobreza extrema), además 7 de cada 10 personas carece de seguridad social, tiene un ingreso por abajo del salario mínimo y no tiene derecho al seguro social, a la vivienda y no está sujeta a crédito.[1]

Por otra parte, dado que no existen censos ni diagnósticos de la población de la diversidad sexual en México, no podemos analizar las cifras anteriores a partir de categorías como la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género, aunque documentos como el informe Violencia contra personas LGBTI de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dan cuenta de la violación sistemática y estructural a los derechos fundamentales de este sector de la población y que les recomiendo ampliamente recuperar.

Ante este escenario de carencias, hay que recordar que el artículo 2 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reconoce que la Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas y, por su parte, el artículo 1 de la Constitución Política del Estado Libre y Soberano de Oaxaca reconoce al estado como multiétnico, pluricultural y multilingüe.

Recordemos que de conformidad con los Principios de Yogyakarta, la identidad de género es “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras  expresiones de género incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales”.

Todas las personas poseemos una identidad de género. Las personas cuya identidad de género no corresponde con el sexo asignado al nacer, generalmente nos ubicamos bajo el término paragüas de trans, abarcando con esto a las identidades transgénero, transexuales, travesti o no conformes con el binario de género hombre-mujer.

Siendo Oaxaca multiétnico y pluricultural, ha aportado al mundo una categoría identitaria única fuera del binario hombre-mujer e intersectada a su vez con la identidad étnica zapoteca como son las identidades muxe e ngui’u. Sin embargo, diversas personas muxe han denunciado la exclusión social y diversas formas de violencias de género, incluyendo la violencia feminicida, como en los casos de Niza Santiago Medina asesinada en 2012 o Adriana Fonseca asesinada en 2009, ambas de Juchitán; o las amenazas de muerte que han recibido quienes han denunciado como en el caso de Peregrina.[2]

Por lo tanto, creo que es conveniente preguntarnos ¿cómo proteger y fortalecer derechos fundamentales de la población de la diversidad sexual dentro de este contexto de precariedad? ¿Cómo analizamos y debatimos la discriminación y el rechazo socialmente legitimado hacia las personas gays, lesbianas, bisexuales, intersex, trans,  muxe e ngui’u de Oaxaca, por citar algunas identidades diversamente sexo-genéricas, no sólo en este escenario de precariedad sino además de indiferencia política –porque muchas personas, especialmente trans,  ni siquiera somos beneficiarias de programas sociales porque carecemos de documentos de identidad como las mujeres u hombres que somos? ¿Cómo atendemos la desigualdad en un entorno de indiferencia económica –porque las tasas de desempleo de la población de la diversidad sexual son altísimas con respecto al promedio nacional en donde se habla que el 98% de las personas trans estamos en desempleo? ¿Cómo hablamos de progresividad y universalidad de derechos humanos ante entornos de indiferencia legislativa –en donde aún hoy en día se sigue debatiendo en los congresos estatales y federal si se pueden aprobar reformas para que el Estado reconozca nuestras uniones civiles y nuestra identidad de género a pesar que existen criterios firmemente asentados por la Suprema Corte de Justicia de la Nación así como las recomendaciones emitidas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en su informe Violencia contra personas LGBTI?

Si uno de los grandes cambios de paradigmas de la reforma constitucional de derechos humanos de 2011 fue pasar de la noción de que el Estado otorgaba garantías a uno en donde el Estado reconoce derechos humanos inherentes a cada persona por el sólo hecho de serlo, me pregunto si cada vez que debatimos si las personas trans, muxes, ngui’u o no conformes con el género  tenemos derechos a la identidad de género ¿no se está cuestionando en el fondo nuestra calidad como persona?

La posibilidad de que este Honorable Congreso realice reformas al código civil para que las personas trans, intersex,  muxe e ngui’u de Oaxaca puedan acceder a rectificar su acta de nacimiento en cuanto al nombre y al sexo mediante un trámite administrativo, gratuito y en cualquier registro civil sin condicionamientos de peritajes psiquiátricos o de ajustarse a un estereotipo de género, como ya es una realidad en la CDMX, significará abrir una gran puerta para acceder al ejercicio a otros derechos como a la educación en donde se nos reconozca nuestro historial académico, como al trabajo donde podamos ser contratadas conforme a nuestra identidad de género, el derecho a la salud donde podamos ser atendidas y atendidos a partir de nuestras particularidades, es decir, dejaremos de ser indocumentadas e indocumentados en nuestro propio estado y en nuestro propio país. Y también significará dejar de ser una ciudadanía de segunda porque, evidentemente, las personas trans y muxe que estamos en este recinto y que  ya contamos con un acta de nacimiento rectificada, hemos tenido que acudir a la CDMX a hacer valer este derecho ya que en nuestros estados de origen se nos niega este derecho.

Estoy segura que la reforma al código civil que reconozca la identidad de género no eliminará inmediatamente las diferentes formas de violencia de género y la exclusión social que vivimos las personas trans, muxe y ngui’u pero será un primer gran paso para erradicarlas, es el camino correcto hacia una sociedad más igualitaria fundamentada en un respeto irrestricto e irrenunciable a los derechos humanos y, sobre todo, dará justicia y reconocimiento histórico a un sector de la población indígena zapoteca oaxaqueña como son las personas muxe y ngui’u.

Muchas gracias.

Luisa Rebeca Garza López

[1] Oaxaca Día a Día. Tiene Oaxaca 3 millones de pobres. Oaxaca. 25 de febrero de 2017.Consultado el 07 de agosto de 2017. Liga: http://oaxacadiaadia.com/2017/02/25/tiene-oaxaca-3-millones-de-pobres/

[2] Thomas Lupita. Quadratín / El Universal. Muxes, frente al crimen e intolerancia. México. 25 de mayo de 2014. Consultado el 07 de agosto de 2017. Fuente: http://archivo.eluniversal.com.mx/estados/2014/impreso/muxes-frente-al-crimen-e-intolerancia-94865.html

Invitación Foro

Acercamiento de las violencias de género hacia personas trans* a partir de la teoría performativa.


Introducción.

Butler considera que la identidad es instituida por la repetición estilizada de actos; y, el género,  por la estilización del cuerpo (gestos corporales, movimientos, normas de todo tipo, etc) y esto genera la ilusión de un yo generizado permanente en donde el concepto de género se conceptualiza como una temporalidad social constituida. Por lo tanto, considera que para transformar el género  nos podemos apoyar en diferentes maneras de repetición de actos; mediante la ruptura de actos; o, mediante la repetición subversiva de ese estilo. (Butler, 1998)

Mientras que la teoría feminista considera al cuerpo como un hecho ya predeterminado tanto de forma natural, cultural o lingüística, Butler lo con considera como una “herencia de actos sedimentados, renovados, revisados y consolidados con el tiempo”, y es en esa repetición donde encuentra la clave para la subversión.

Las identidades trans*[1] son modalidades de género que no se pueden entender dentro de las categorías binarias de género sin acceder a discursos que patologizan o que cosifican sin problematizar la diferencia sexual.

Si la teoría performativa permite entender la conformación de las identidades modernas, especialmente aquellas que confrontan la matriz heterosexual, ¿es posible entender a su vez las violencias de género hacia identidades no binarias, como las trans*, como una intervención social y agresiva con el objeto de romper la iterabilidad que da consistencia a dichas identidades subversivas? ¿si la transformación del género se puede lograr a través de la repetición de actos diferentes, las violencias de género hacia las personas trans* pueden ser entendidas como una contra-fuerza que no sólo sanciona sino que tienen el objetivo de fragmentar y desaparecer las otras narrativas de género para dar consistencia y legitimación a la ilusión de las identidades cis-heterobinarias?

Desarrollo.

Partiendo de las reflexiones de Butler (Butler, 1998), se entiende el concepto de género como un performance repetido (re-actuado y  re-experimentado) dentro de un conjunto de significados ya socialmente establecidos por lo que es tanto un acto individual como una experiencia compartida dentro de una acción colectiva donde se adquieren estilos de modo generizados estratégicamente establecidos para mantenerlo dentro de un marco binario y hacer cumplir el mandato de la procreación heterosexual, en otras palabras, como “representación performativa es un acto que construye la ficción social de su propia interioridad psicológica” que naturaliza la idea del sexo y deviene en la esencialización de la diferencia sexual  a partir de la idea de dos sexos opuestos y complementarios.

Lo anterior genera un cambio radical en los análisis feministas donde es el género el que antecede al sexo y donde la diferencia sexual deja de ser un rasgo esencial que divide a la especie humana en dos grandes grupos.

Por lo tanto, no existen géneros ni sexos verdaderos o falsos, reales o aparentes, sino que son todos son construcciones históricas contingentes. Unos más legitimados en tanto que otros son sistemáticamente excluidos a partir de un eje normalizador que es la diferencia sexual que se legitima en el deseo cis-heterosexual y tiene su máxima representación en la procreación.

Esta forma de entender al género ha permitido comprender el surgimiento de nuevos sujetos generizados como las personas trans en contextos de sistemas sexo/género modernos rígidos bio-médicos occidentales (Gómez Suárez, 2010) donde los desplazamientos de la iterabilidad del performance del género han tendido a ser alineados a la diferencia sexual partir del surgimiento de las tecnologías de género como las terapias de reemplazo hormonal, las cirugías de reasignación sexual, las cirugías de feminización facial o de voz o partir del surgimiento de narrativas que también se articulan a partir de la diferencia sexual como “el cambio de sexo” como meta aspiracional y/o requisito burocrático para que el Estado reconozca derechos de las personas trans*; o que han sido sancionados a partir de discursos de verdad patologizantes. (Pons Rabasa & Garosi, 2016)

Por tanto, las identitades trans* no han estado exentas de padecer violencias de género. Sin embargo, hay que comprender a las violencias de género más allá de la idea de la diferencia sexual de tal forma que su aproximación no remita a la esencialización de los cuerpos que invisibilicen o minimicen las violencias que vivimos las personas trans* (Pons Rabasa & Sol García, 2011). De esta forma se propone abordar como violencia de género cualquier acto o discurso que tenga por objeto limitar, anular o invisibilizar los diversos desplazamientos del performance de género para obligarlo a ajustarse a la matriz binaria cis-heterosexual influenciado  a su vez por categorías como la clase social, el grupo étnico, el capacitismo, el estatus migratorio, entre otros factores globales o locales que puedan participar como tecnologías de control de género complejo.

Comprender las violencias de género a partir de la performatividad tiene el potencial de reconocer que son ciertos performances de género, que devienen en la materialización de ciertas corporalidades, lo que desencadena su reconocimiento y asimilación dentro del sistema sexo/género o su rechazo y, consecuente, expulsión.

Asimismo, que en el continuo proceso de ordenar y jerarquizar lo simbólico para dar consistencia a nuestras identidades durante la iterabilidad del performance de género, ninguna persona está exenta de elaborar actos o discursos que nos coloquen en un nivel de superioridad con respecto de otras personas al momento de generizarnos, especialmente, cuando en este proceso de hacer género se involucran de forma compleja las diferentes lógicas de ordenamiento interseccional. (Serret, 2006)

Por tanto, si se entiende a las violencias de género como una misma fuerza de naturaleza opuesta a los desplazamientos de la iterabilidad del género propongo que su análisis se pueda realizar a partir de los cuatro planos que desarolla  Hortensia Moreno para al análisis del discurso fílmico (Moreno, Sin año): en donde la discursividad niegue o alineé los procesos de procesos de formación subjetiva y representación a la realidad a la matriz cis-heterosexual;  en donde sólo ciertas performatividades de género sean consideradas como válidas o superiores dentro de los mecanismos de formación de la identidades;  en donde la influencia del lenguaje en la construcción del contexto social sólo determine o considere como válidas o reales ciertas condiciones de posibilidad en el acto del habla; y el vínculo entre la performatividad y el performance (vigencia y límites) que impidan, nieguen, invisibilicen o anulen ciertas condiciones para la materialidad o corporalidad disidente.

En el primer plano de análisis correspondería a identificar contextos de relaciones de poder que impedirían que el cuerpo adquiera el significado que permita su desplazamiento de la norma de género. Por tanto, implicaría el ejercicio de una fuerza ilocucionaria para sancionar con fuertes estigmas emocionales, sociales y simbólicos el alejamiento a la norma. Por ejemplo, la patologización de la transexualidad a través del discurso de verdad de las autoridades médicas que mediante un diagnóstico médico han interpelado a ciertas identidades trans* o la cosificación que se puede manifestar de diferentes formas como la tercer-generización[2]que  consiste en la imposición externa de una geografía identitaria diferente a la binaria generalmente ubicada como un tercer género o tercer sexo y que con frecuencia tiene un matiz sensacionalista o invalidante, negando así la posibilidad que las personas trans* puedan auto-adscribirse a alguna identidad cis-binaria, pues se perpetúa así que está última es la única opción válida y natural; la objetivación[3] fuertemente relacionado con la idea cisgenérica del pasacentrismo articulada a la diferencia sexual por lo que el enfoque hacia el cuerpo, las historias y la identidad de las personas trans* se genitaliza y se convierten en objetos, separándolos de la persona y su dignidad; la mistificación[4] derivada del pasacentrismo[5] y la objetivación en donde el centro de atención de las personas y los medios de comunicación se realiza sobre el llamado “cambio de sexo” invisibilizando otras formas de violencias; la trans-interrogación que consiste en la intelectualización producto de la objetivación que se centra en el “por qué” existimos las personas trans* soslayando el proceso de construcción de todas las demás identidades.  La trans-interrogación tiene dos efectos lamentables: al no cuestionar el proceso de construcción social de las identidades cis legítima la idea de su superioridad asimismo deja pasar la valiosa oportunidad académica de cuestionar y criticar el sistema normativo y estructural que se traduce en privilegios de nacimiento hacia las identidades cis y que al mismo tiempo oprime y excluye al resto de las identidades trans*.

El segundo plano de análisis que tiene que ver con la performatividad del género lo relaciono con la cisnormatividad que consideraría el performance de género trans* como inferior, falso o actuado sin cuestionar que todas las personas estamos en un proceso continuo de hacer género de tal forma que el cuerpo, el género y la sexualidad de las personas trans* es asumido como artificial  en tanto se asume la posición identitaria cisgénero como un rasgo esencial e interno. A esto, le llamaría privilegio cisgénero[6] que deviene en cissexismo, que consiste en asumir como inferior o menos auténtica la identidad de las personas trans* con respecto a las personas cis[7]. Es a partir de este privilegio cisgénero en donde se realiza una forma de violencia común: la desgenerización[8], que busca re-imponer una identidad asignada al nacer, y que la persona trans* ha rechazado tanto discursiva como performativamente, mediante la búsqueda de rasgos físicos, comportamientos o expresiones relacionados con los estereotipos ligados a cada género, y aunque es común que la padezcan las personas trans* también son víctimas las personas intersex y quienes no se ajustan a la norma o estereotipos de género[9]. La performatividad de género articulada no sólo con la cisnorma sino también con otros factores sociales como la clase social o el grupo étnico generaría diferentes fronteras imaginarias a partir de conceptos como el pasacentrismo[10] que consiste en la idea de la apropiación del privilegio cisgénero por parte de las personas trans*, pero condicionado a que la persona no sea identificada o se identifique como persona trans* pues en caso contrario se asume dicha apropiación como “fraudulenta” invisibilizando que el proceso de generización cotidiano es socializado hacia todas las personas desde la infancia y que ejercemos esta actividad de forma inconsciente. Quienes “pasan” y quienes “no pasan” se convierte en forma de violencia de género incluso entre personas trans* generando, en ciertos contextos sociales, procesos de jerarquización entre unas y otras. Otra forma de violencia de género es la malgenerización[11], que tiene el objeto de realizar una  desgenerización, como una forma de negación de reconocimiento social al performance de género de la persona trans* frecuentemente manifestado cuando se le llama a un hombre trans* en femenino o a una mujer trans* en masculino.

El tercer plano de análisis tiene que ver con la influencia del lenguaje en la construcción del contexto social que determina las condiciones de posibilidad en el acto del habla. En el análisis de las violencias de género hacia las personas trans* estaría relacionado con la ausencia de nominación y falta de reconocimiento dentro de las relaciones de poder en las estructuras sociales. Se manifiesta desde exclusión del entorno familiar como un acto de autoridad de rechazo a la discursividad de la hija o el hijo trans*, la invisibilización de las experiencias y vivencias de las personas trans* en los estudios académicos o encuestas de instituciones públicas o privadas hasta la negativa de las instituciones del Estado en reconocer legalmente el nombre y el sexo auto-afirmado de las personas trans*, o bien, el establecimiento de procedimientos  largos y caros para realizar dicho reconocimiento que patologizan o revictimizan a las personas trans*. Moreno considera a la interpelación como el acto ilocucionario definitivo para constituir social y discursivamente al sujeto, por tanto, sea de forma implícita u oficial su objetivo es colocar a la persona en el lugar de la abyección para evitar así reconocimiento.

Finalmente, el cuarto plano de análisis de Moreno se relacionaría con la contextualidad que permitiría identificar efectivamente la violencia de género hacia la persona trans* a partir del contenido ilocucionario y la fuerza ilocucionaria que tendrían por objeto deshacer el género de la persona trans* tanto de forma simbólica, social o física, ésta última representaría la forma más agresiva de violencia de género que incluiría desde agresiones físicas como golpes, violencia sexual, tortura hasta la forma más extrema que sería el asesinato de la persona trans* como acto definitivo para eliminar los desplazamientos del performance de género que se consideren más abyectos o menos inteligibles, donde los factores de clase, grupo étnico, diversidad funcional y corporal, entre otros, se articulan de forma compleja y que explicaría por qué unas posiciones identitarias son más excluidas que otras, por qué unas gozan de ciertos privilegios y se les permite la existencia social en tanto otras son sistemáticamente excluidas e invisibilizadas.

Si bien he abordado separadamente los cuatro planos de análisis para reflexionar sobre las violencias de género hacia las personas trans* considero que estos planos participan activamente y se superponen de forma compleja para constituir las diferentes formas de violencia que he señalado de forma enunciativa más no limitativa.

Las violencias de género hacia las personas trans*, de esta forma, pudieran entenderse como actos o discursos que tienen como objetivo impedir la materialización o corporización de identidades emergentes subversivas a partir de la fractura de su iterabilidad, o bien, a partir de la imposición de discursos o prácticas que tiene el objeto de asimilar dentro de las normas y discursos hegemónicos para solo así obtener legitimidad.

Asimismo, también pudieran entenderse como interrupciones u obstáculos al proceso de materialización que impiden la iterabilidad lo que generaría la posibilidad de crear las fronteras imaginarias que darían permanencia a cuerpos desplazados de la norma.

Conclusiones

Si partimos que las identidades son construcciones sociales e históricas dentro de ciertos espacios discursivos y que las diferentes violencias de género no sólo tienen el efecto de sancionar sino de seguir legitimando como únicamente válidas ciertos performances de género al mismo tiempo que se reconoce que el hacer género no se puede abstraer del contexto del sistema sexo/género que nos abarca, por tanto, el espacio para ampliar las fronteras de inteligibilidad es breve pero, sin embargo, existe.

Es en este espacio donde no sólo se dan los desplazamientos sino las diferentes formas de violencia de género para alinear, obligar a asimilar, invisibilizar o desaparecer a las disidencias del género que oprime.

Por tanto, ¿es posible pensar en violencias de género más allá del sexo de la persona agredida y la persona que agrede al acto performativo que participa en la constitución de las identidades? De esta forma, ¿las diferentes formas de violencias de género, adicional a su efecto sancionador, también tendrán performativamente una función de dotar de solidez y consistencia a un performance de género que busca ubicarse en un plano de superioridad tanto simbólica como social de lo que usualmente identificamos como sujeto agresor? Por tanto, quizá implique una diferente forma de pensar las violencias hacia las personas trans* como la materialización violenta de una frontera imaginaria que también da consistencia y legitimidad a quien hace el acto violento, es decir, ¿podemos entender así la normalización de un hacer género en contextos normalizados de violencia? Donde las violencias de género no sólo sean vistas como formas de oprimir y controlar sino como un mecanismo explícitamente agresivo para dar consistencia a las identidades que se asumen como naturales, válidas o únicas.

Aproximarse a las violencias de género desde esta concepción quizás permita hacer lecturas más amplias y complejas de las violencias de género que las personas ejercemos cotidianamente no sólo a partir de la categoría de género sino a partir de una articulación multidimensional que involucre otras categorías que, efectivamente, participan activamente en la constitución de nuestras subjetividades y vínculos sociales como la clase, el grupo étnico, o la posición geográfica corporal y funcional en la que nos ubiquen (mos).

Por lo que antes de antes de lanzar preguntas para identificar las violencias de género que yo vivo como mujer trans* me pregunto ¿cuáles son los discursos y prácticas que he repetidamente realizado para dar constitución a mi identidad como mujer trans* y usar a mi favor otras categorías de clase o grupo étnico, por ejemplo, para colocarme en un nivel de superioridad no sólo hacia mis compañeras y compañeros trans* sino para hacerme inteligible hacia el resto de mis amistades, compañeras y compañeros de trabajo a pesar de  ser trans*?

Considero que el análisis de las violencias de género a partir de las aportaciones de la teoría performativa tiene un gran potencial para reflexionar no sólo las violencias de género que viven las otras personas (alterizándola) sino para cuestionar las propias violencias de género que ejercemos cotidianamente en un contexto para volvernos inteligibles en un contextos sociales capitalistas, (cis) sexistas, clasistas, capacitistas, racistas, entre otras categorías, por lo que puede contener claves teóricas y políticas para pensar en trabajos complejos articulados a partir de cambios subjetivos, sociales y políticos. Porque ¿cómo podemos concebir teorías de cambio social que no involucren nuestras sesgos subjetivos?

Si bien, en este ejercicio se ha analizado a las violencias de género dirigidas hacia las personas trans* creo que un abordaje a partir de la teoría performativa puede aportar claves teóricas y políticas para un proyecto de emancipación no sólo de las mujeres cisgénero sino para cualquier persona cuyo performance de género le ubique en el lugar de la abyección en donde las violencias de género.

[1] Se usará el apócope “trans*” como un concepto paragüas para abarcar aquellas identidades sexo-genéricas que no se ubican dentro del binario hombre-mujer independientemente de la presencia o ausencia de los procesos quirúrgicos, hormonales e incluso legales que afirmen dicha identidad autopercibida. Esta propuesta es recuperada de los trabajos de Alba Pons Rabasa, de quien agradezco la sugerencia, quien a su vez lo retomó de Mauro Cabral.

[2] (Serano, 2007)

[3] Op. cit.

[4] Op. cit.

[5] Este concepto se aborda en el tercer plano de análisis.

[6] Concepto tomado de Julia Serano quien le llama privilegio cissexual, sin embargo, prefiero usar el concepto cisgénero para que sea más acorde con la teoría performativa dado que es el género, y no el sexo, el eje articulador de dichas violencias y privilegios. (Serano, 2007)

[7] Cis: apócope de cisgénero

[8] op. cit.

[9] El caso más reciente fue la polémica alrededor de la deportista olímpica Caster Semenya o la agresión en 2014 a la actriz española María Díaz por un grupo de personas al confundirla con una mujer trans.

[10] op. cit.

[11] op. cit.

La indiferencia y el silencio que nos mata…


El caso de Lesvy Berlín Osorio Martínez se ha vuelto representativo del terrible y desolador contexto de violencia misógina en que tenemos que sobrevivir todas las mujeres en México.

Revela lo que muchas feministas y sus estudios han señalado reiteradamente: que es un problema de violencia estructural metido en la más profunda de las entrañas de nuestro sistema social, económico y político.

Ante el deficiente y negligente trabajo de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México que, replicando estereotipos machistas pero de forma institucional, estigmatizó y revictimizó a Osorio Martínez se alzaron diversas voces, de mujeres muchas de ellas feministas, con el hashtag “#SiMeMatan mostrando que todas estamos en riesgo de ser culpabilizadas en caso de ser asesinadas por no llevar una vida conforme a los rancios estereotipos sociales.

Ante la indignación de un gran sector de la sociedad por visibilizar esta forma de violencia institucional hacia Lesvy Berlín se hubiera esperado la solidaridad del resto de la sociedad, pero no fue así, el músculo machista que aún sigue vigoroso se escuchó y se mostró.

Primero, surgió otro hashtag denominado #SiLasMatan en donde varias personas, principalmente hombres, alzan su voz para colocarse en el centro del protagonismo. Nuevamente se sienten desplazados o no tomados en cuenta de las violencias que sufren ellos ignorando que son provocadas por sus propios congéneres y obviando que, son los hombres, quienes siguen acaparando los cargos de decisión y de poder político, económico y social para poder poner un alto a todas las formas de violencias.

Posteriormente, ante una manifestación feminista que grafiteó unas letras de la UNAM para denunciar que la institución educativa ya no es un espacio libre de violencia para las mujeres estudiantes, otro grupo de personas se sintió más indignado por este acto e inmediatamente organizaron un brigada para borrar las leyendas que tenían fuertes mensajes políticos a favor del acceso a una vida libre de violencia.

Hay quienes incluso han tenido la osadía de afirmar que el feminismo mexicano ha perdido rumbo y claridad en sus objetivos y sus vindicaciones. Aún más, existen voces –masculinas por supuesto- que se autoerigen en autoridad para determinar qué posicionamiento es verdaderamente feminista y cuál no.

Mientras tanto, cada día matan a 7 mujeres en México imparable e implacablemente. No hay un solo día en México en donde una mujer, sea cis o trans, sea salvajemente asesinada –estrangulada, golpeada, violada, quemada, mutilada y un trágico etcétera- y en donde gran parte de la prensa mexicana y el aparato de justicia se ensañen en hacerlas culpables de sus asesinatos, en invisibilizar la agresión y al agresor, siendo así cómplices no solo de la perpetuación de estas violencias extremas hacia todas las mujeres  sino también de la cadena de obstáculos que impiden que haya justicia para sus familias y amistades y que, las que aún vivimos, lo hagamos con miedo pensando, temiendo si seremos la siguiente víctima.

Rebeca Garza

@Rivka_Azatl

violencia machista

Alondra Velázquez Hernández, primera candidata #trans en Tlaquepaque, Jalisco.


“Cuando supo que era homosexual mi papá me desconoció. Me decía que le daba vergüenza que la gente supiera que era su hijo”, así recuerda su infancia Alondra Velázquez Hernández en una entrevista de 2013.[1]

Velázquez Hernández narra una niñez llena de conflictos con su familia y con ella misma dada la fuerte homofobia y transfobia socializada dentro de su familia y que inevitablemente se le había introyectado en ella a pesar de tener sueños desde la infancia de ser mujer por lo que a la edad de 13 años decide salirse de su casa. “A esa edad empecé a ejercer el trabajo sexual, como niño”, relata en una entrevista realizada en el año 2012. Si en su infancia se identificaba como homosexual, a partir de los 17 años empieza a “vestirse de mujer” ejerciendo el trabajo sexual en Tijuana, Ensenada, Los Mochis, el Distrito Federal, Michoacán y Manzanillo, en donde padeció diferentes formas de violencias  y abusos tanto de la ciudadanía como de las autoridades policíacas[2], como relata en una entrevista de 2012:

“Viví violaciones, abusos policiacos, de los clientes y de los mismos compañeros con quienes convivía. Fue una vida mucho muy difícil. A un cierto punto me enfadé de estar parada en una esquina a esperar que me llegara el dinero, que a veces había y a veces no, de padecer frío, a la intemperie, de pasar hambre y de correr continuamente riesgos”.

Spiller, Alberto. «La guerra de los géneros.» La gaceta de la Universidad de Guadalajara. 17 de septiembre de 2012.

Catorce años después de abandonar a su familia, regresa a Guadalajara y, a partir del año 2010, comienza a identificarse como transexual y es cuando decide concluir la secundaria, la preparatoria y cursar un diplomado de enfermería.[3]

Actualmente, Alondra Velázquez Hernández tiene estudios de enfermería con especialidad en Enfermería Comunitaria y Epidemiología por la Universidad de Guadalajara y tiene 12 años trabajando en actividades de prevención de contagio de VIH. Coordina su trabajo de colaboración con organizaciones sociales con actividades en una estética. [4]

Cuenta de las diferentes formas de violencia y exclusión que ha vivido a partir de identificarse como Alondra:

“Se me cerraron las puertas en el Ayuntamiento de Tlaquepaque, a pesar de que varias personas habían reconocido mi trabajo y mis capacidades de liderazgo” (…) “Yo creo que en todos los lugares la discriminación es muy fuerte, pero donde más han sonado los crímenes por homofobia y transfobia es justamente en Jalisco” (…) “Aquí vivimos en una ciudad de doble moral, y de la cultura que impulsa la religión católica es donde se empieza a fomentar la discriminación” (…) ““¿Por qué la gente no ve el talento de las personas, sino solamente las apariencias?”.

Spiller, Alberto. «La guerra de los géneros.» La gaceta de la Universidad de Guadalajara. 17 de septiembre de 2012.

Ha sido militante por el PRD, ha integrado la Comisión de la Diversidad Sexual de dicho partido y ha sido creadora del colectivo Diversidad Sexual de Tlaquepaque. También ha sido colaboradora en el Comité Municipal para la Prevención del SIDA (COMUSIDA), hasta el año 2009[5] y también en la Cruz Verde.

Como coordinadora del grupo de Diversidad Sexual ha dado seguimiento y ha sido víctima también de acoso, extorsiones y detenciones arbitrarias por parte de la policía municipal, como sucedió en mayo de 2011 en el municipio de Puerto Vallarta, cuando fue detenida arbitrariamente por la policía municipal mientras platicaba con cuatro jóvenes en donde primero se le acusó falsamente de ejercer la prostitución en la vía pública, posteriormente cambiaron la versión a robo y fue detenida. Poco después recuperó su libertad debido a la presión que hicieron personas diputadas e integrantes de su partido político. Velázquez Hernández considera que el “vestir diferente” las vuelve vulnerables no solo a las detenciones arbitrarias en la vía pública sino a las extorsiones tanto de dinero como a tener prácticas sexuales por parte de la policía municipal.[6]

En el año 2012, fue invitada por la entonces regidora del PRD en Tlaquepaque, Lourdes Macías, a integrarse a su equipo de trabajo[7] como candidata a regidora propietaria para el ayuntamiento de San Pedro Tlaquepaque por el PRD, ocupando el octavo lugar en la lista. Sin embargo, el registro de su candidatura fue bajo el nombre masculino asignado al nacer. [8]

En dicha elección se recibieron 249,868 votos y la planilla que integraba recibió el 4% (10,414 votos), ubicándose como la tercera fuerza política en el municipio. Las primeras dos fuerzas fueron las siguientes coaliciones: PRI-PVEM con el 46% de los votos (109, 803 votos) y PT-MC con el 21% de los votos (50,207 votos).[9]

En una entrevista señala que:

(…)““ya cuando se me dio la oportunidad de presentarme yo como la primera mujer transexual que se lanza para una regiduría aquí en Jalisco es cuando muchos comienzan a tener interés por integrarse, he tenido la comunicación de muchas personas de cómo le pueden hacer para integrarse dentro de la política” (…)

Velazco, Alejandro. «Alondra Hernández, primer transexual que participa en las elecciones locales.» Crónica de sociales. Registro periodístico de las resistencias y luchas en Jalisco. 30 de abril de 2012.

Por tanto, considera que su candidatura permitió dar mayor visibilidad para que otros grupos se empiecen a interesar en el trabajo público y el activismo en Tlaquepaque y Jalisco.

Rebeca Garza

@Rivka_Azatl

[1] Spiller, Alberto. «Los campeones del odio. Jalisco y los feminicidios impunes. .» Replicante. Cultura crítica y periodismo digital. 20 de noviembre de 2013. http://revistareplicante.com/los-campeones-del-odio/ (último acceso: 20 de marzo de 2017).

[2] Spiller, Alberto. «La guerra de los géneros.» La gaceta de la Universidad de Guadalajara. 17 de septiembre de 2012. http://www.gaceta.udg.mx/Hemeroteca/paginas/715/G715_COT%204.pdf (último acceso: 20 de marzo de 2017).

[3] op. cit

[4] Grupo Reforma. «Postulan a César y decidirá Alondra.» http://www.nnc.mx. 21 de abril de 2012. http://www.nnc.mx/notas/82261.php (último acceso: 20 de marzo de 2017).

[5] Velazco, Alejandro. «Alondra Hernández, primer transexual que participa en las elecciones locales.» Crónica de sociales. Registro periodístico de las resistencias y luchas en Jalisco. 30 de abril de 2012. https://cronicadesociales.org/2012/04/30/alondra-hernandez-primer-transexual-que-participa-en-las-elecciones-locales/ (último acceso: 20 de marzo de 2017).

[6] Infante, Miguel A. «Homofobia policiaca solapada.» http://www.proceso.com.mx/. 03 de septiembre de 2011. http://www.proceso.com.mx/280497/homofobia-policiaca-solapada (último acceso: 20 de marzo de 2017).

[7] Spiller, Alberto. «Los campeones del odio. Jalisco y los feminicidios impunes. .» Replicante. Cultura crítica y periodismo digital. 20 de noviembre de 2013. http://revistareplicante.com/los-campeones-del-odio/ (último acceso: 20 de marzo de 2017).

[8] Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco. «Acuerdo IEPC-AGG-082/12 mediante el cual se resuelven las solicitudes de registro de las planillas de candidatos a munícipes que presentó el PRD para el proceso electoral local ordinario 2011-2012 .» http://www.iepcjalisco.org.mx. 28 de abril de 2012. http://www.iepcjalisco.org.mx/sites/default/files/PUNTO%2030.pdf (último acceso: 20 de marzo de 2017)

[9] Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco. «Resultados electorales: resultados concentrados de munícipes 2012.» http://www.iepcjalisco.org.mx. s.f. http://www.iepcjalisco.org.mx/resultados-electorales (último acceso: 20 de marzo de 2017).

Rubí Suárez Araujo, primera regidora trans electa en México y en Guanajuato.


El 10 de marzo de 2016, Rubí Suárez Araujo se convirtió en la primera persona trans acceder a ejercer el cargo de una regiduría en México al tomar protesta del cargo por el ayuntamiento de Guanajuato, Guanajuato.

Rubí Suárez Araujo cuenta con nueve años trabajando a favor de la comunidad LGBT en Guanajuato, a raíz de un crimen de odio hacia un amigo en la capital de dicho estado. Fundó una asociación civil de nombre Colectivo Rubí en donde trabaja a favor de los derechos humanos de la comunidad LGBT proporcionando consultoría, educación sexual y prevención de la violencia.

En el año 2016 recibe la propuesta de parte del PRD para ser la candidata propietaria de la regiduría número seis, sin embargo, posteriormente se le ofrece la suplencia de la regiduría número uno para el ayuntamiento de Guanajuato, Guanajuato.

Dada la inexistencia de leyes o reformas locales o federales que reconozcan la identidad de género de las personas trans, una vez que se integró a ejercer su cargo dentro del ayuntamiento, uno de los primeros acuerdos que solicitó que se realizara en Sesión de Cabildo fue que todas las personas reconocieran su identidad como Rubí y que todo el documento que llegara a su oficina tenía que estar dirigido como Regidora Rubí Suárez Araujo mientras que todos los papeles oficiales (de carácter legal) que se tuvieran que firmar  iban a hacer de acuerdo su nombre registral.

Sin embargo, Araujo reconoce que a pesar que el acuerdo fue aprobado por unanimidad por las personas integrantes del Cabildo  hubo que pasar un proceso de concientización en relación al respeto a la identidad trans porque no sabían cómo realizar el trato social hacia ella, especialmente en cuanto al uso de los pronombres o el uso correcto de su nombre. En las actas de las sesiones, se lee como incluso en las primeras sesiones se le hacía referencia a partir de su nombre registral como su nombre social.

Como ella lo mencionó en su discurso de toma de protesta: su acceso a la regiduría de Guanajuato no tiene antecedentes en la historia política del Estado de Guanajuato. Tampoco en la historia del país.

Rebeca Garza

@Rivka_Azatl

Fuentes: